Un cielo Champagne Supernova (Las huellas de la desorientación II)  

 

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Where were you while we were getting high?

( Champagne Supernova, Oasis)

MARCOS RUBIO

Malditas fotos

En una de las imágenes se ve llegar a Downing Street a Noel Gallagher con su esposa de entonces Meg Matthews; detrás les siguen Alan McGee, jefe del sello Creation y  su novia. Los dos llevan trajes oscuros. Noel camisa azul claro por fuera y gafas de sol y Alan la lleva gris y zapatillas de deportes. Meg viste un vestido floreado en tonos ocres y aire hippy y la acompañante de McGee una falda corta y chaqueta. Llegan los cuatro fingiendo normalidad aunque se nota que nada es normal, saben que, desde que los flashes han comenzado a disparar, están haciendo historia. Otra instantánea muy repetida de la fiesta es la del líder de Oasis con una copa que parece llevar champan hablando con Tony Blair. Se les ve distendidos, lo están pasando bien y sonríen, el primer ministro lo hace de manera exagerada como muchas de las cosas que hizo después. Las fotos son del 8 de julio, habían pasado dos meses desde la llegada del laborismo al poder. Ese encuentro tan atípico, epitome de lo que vino a llamarse la Cool Britain, parece que había sido idea de Alastair Campbell, portavoz oficial del nuevo ejecutivo, en un intento algo cínico por vender modernidad, juventud y resaltar la llegada de un tiempo nuevo.

Algunas fotos son peores que otras y, para muchos, esa imagen del mayor de los Gallagher con el Primer Ministro es un ejemplo incontestable de la desactivación de la música pop como herramienta de crítica social y como vehículo para reflejar las angustias existenciales de la juventud. Reconozcamos que muy Anarchy in the UK no quedaba tanto jiji jaja con el premier británico pero resulta exagerado ver en ella la foto de las Azores del indie. –“Cuando el jodido Primer Ministro te envía una invitación, joder, tienes que ir”- declaró días después algo irritado un Noel que ha tenido que dar explicaciones, decenas de veces por acudir a aquella cita donde también estaba el escritor Nick Hornby, gente del cine como Ralph Fiennes, Helen Mirren, diseñadores, empresarios, personas del mundo de la moda y otras figuras de éxito cercanas al laborismo ¿Había algún motivo entonces para no celebrar la llegada de los suyos al poder?

Los psicólogos conocen muy bien como, para superar la disonancia cognitiva que arrastra una decepción profunda, un divorcio, un fracaso personal tendemos a re-evaluar todos los recuerdos en función de esa decepción. Esa mirada retrospectiva envenenada y amarga suele distorsionar lo que realmente pasó y como se vivieron entonces los acontecimientos. A muchos les puede parecer hoy increíble pero Tony Blair hizo historia al ser el primer ministro laborista que conseguía ser elegido tres veces consecutivas con mayoría absoluta. Además, mejoró los servicios públicos, la sanidad, la educación, impulso leyes a favor de gays y lesbianas y jugó un papel central en el Acuerdo de Viernes Santo que supuso el fin del conflicto abierto en el Ulster.

Finalizada la guerra tremenda en Yugoslavia y superados los zarpazos existenciales del grunge, los noventa cogieron velocidad animados por el crecimiento económico, la prosperidad, el desarrollo tecnológico y el impulso de una globalización deslumbrante. Fue un tiempo optimista, vital, a veces excesivo, desprejuiciado y hedonista que se filtró con facilidad en muchos de los estribillos del britpop y en la euforia festiva del big beat. El consumo de drogas recreativas se incrementó, se produjo el desembarcó del cosmopolitismo tonto de los cafés de Starbucks, se desbordó en las principales calles comerciales y en los rincones del deseo la fascinación imparable por los logos seductores que tanto enfadó a Naomi Klein. Clubs como Ministry of Sound, Heaven o Fabric disfrutaron de colas interminables a la entrada y de una proyección inesperada. El éxito de los recopilatorios confortables del Café del Mar se convirtió en sinónimo de consumo sofisticado y ese arte valiente que buscaba ser escabroso, resultó ser un gran éxito publicitario y comercial de la mano de Saatchi, de los tiburones de Damien Hirst y de la capacidad contrastada de provocar sensaciones y conseguir atención mediática del resto de los Young British Artis.

Climatología adversa

Kid A lo anunció y el terrible atentado de las Torres Gemelas confirmó que los 00 inauguraban un tiempo peor. La euforia hormonada de coca del Be Here Now quedaba lejísimos; el inquietante 100th Windows de Massive Attack advertía, con su letanías humeantes, sus decepciones, sus incertidumbres y hasta con una plegaria por Inglaterra el cambio meteorológico intenso que se había producido. El horizonte se cubrió de nuevos miedos y empezó a llover incertidumbre por todos los lados. La muerte del experto británico en armas David Kelly, tras filtrar información a la BBC, dejó bien claro que aquella broma ya no tenía gracia. La movilizaciones de Stop The War ganaron fuerza agitadas por el activismo de figuras referenciales del pop como Damon Albarn y Robert Del Naja. Las mentiras crecían y cada vez era más claro que la factura que el laborismo iba a pagar por participar en la guerra de Irak iba a ser enorme. Los grafitis de Banksy llevaron el malestar social a las paredes de Bristol y pronto del mundo entero pero Tony, ajeno a todo, siguió sonriendo.

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La noche electoral

La señora Thatcher dijo una vez con ironía y mala leche que el principal legado de sus gobiernos  había sido Mister Blair. Teniendo en cuenta lo que paso después, igual no le faltaba razón pero, en 1997, eso de la Tercera Vía parecía un gran invento y no una traición ¿Cómo conseguir que un electorado que llevaba apoyando a los conservadores desde 1977, que había respaldado electoralmente privatizaciones y el cierre de numerosas empresas públicas y que había legitimado una revolución conservadora que transformó las bases económicas, sociales y culturales del país cambiara el sentido del voto y viera en el laborismo la opción de gobierno más conveniente? Parecía entonces muy necesario construir un discurso nuevo, seductor, optimista, lleno de palabras como modernización, competitividad, desarrollo económico, apertura, mercados, crecimiento, riqueza, mejora de servicios públicos, reducción de la presión fiscal, sociedades abiertas, sostenibilidad, confianza y progreso para así poder sumar al electorado tradicional de izquierdas, los abstencionistas decepcionados y los votantes de derechas aburridos de John Major y del gris plomizo que lo impregnaba todo, incluido su guiñol en Spitting Image.

Recuerdo la noche electoral como un momento muy emocionante. Coincidió que era uno de mayo, algunos de los compañeros de la casa quedamos para disfrutar juntos un rato del show como si de una gran final se tratara. No nos podíamos acostar ni muy tarde ni muy borrachos porque al día siguiente se trabajaba. Todos los medios daban por descontada la victoria laborista pero no faltaban precedentes de derrotas inesperadas y nadie se atrevió a adelantar las celebraciones. Aviva había comprado sidra, yo cerveza San Miguel y Max apareció con unas cuantas latas de cerveza bitter. La BBC había empezado a emitir el especial elecciones con sus entrevistas y su panel de expertos. Creo recordar que Billy Bragg había anunciado que estaría actuando en el Mean Fiddler, un pequeño club del norte, para dejar bien claro que aquello del nuevo laborismo no iba con él. Jo también se unió a nosotros frente al televisor y Andy, que era  buen tipo pero muy lector del Daily Telegraph, prefirió refugiarse en su habitación, Al poco llegó el que faltaba, Joseph, un chico negro de buena familia que había dejado medicina en su tercer año para probar suerte en el mundo de la música. Venía con un bote enorme lleno de alitas de pollo y se encerró en su habitación para ver un programa de lucha libre que daban en la tele de cable. Nos quedamos los cuatro en la pequeña sala de estar viendo como llegaban los primeros resultados. Ningún de mis flatmates recordaba  un gobierno que no fuera conservador y esa posibilidad  les hacía ser precavidos.

Aviva, que era enfermera,  me contó que sus padres, traductores de francés y muy de izquierdas, se habían marchado años atrás a Francia asqueados de la vida en Londres y de Margaret Thatcher. Max, profesor de música en un cole y excelente trompetista de Jazz, esperaba un fuerte impulso a la educación, especialmente en los colegios del gobierno. El sistema electoral inglés, the first past the post, convertía cada escaño en una lucha en la que solo podía vencer uno. Todos celebramos de manera efusiva la derrota en su distrito de Michael Portillo, uno de los duros del partido conservador, hijo de un exiliado republicano español, de ademanes exageradamente atildados y muy muy pijo. Bebimos y aplaudíamos las victorias laboristas que se iban sucediendo. Los resultados iban a ser tan favorables como las encuestas habían vaticinado. En torno a las dos nos fuimos a dormir, aún quedaban escaños por asignar pero estaba claro que,  dieciocho años después, el partido de los obreros  había alcanzado el poder. Al cerrar la ventana de mi habitación me pareció intuir, más allá de las nubes y del alcohol, un cielo color champagne supernova que se dormía esperanzado y feliz.

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Las huellas de la desorientación

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I.- Jeremy Corbyn y Yo 

England is mine and it ows me a leaving

( Still ill, The Smiths)

Norte norte  

Las calles de Haringey olían a comino, a cebolla frita, a Kebab asado, a pescado enharinado en aceite hirviendo, a la verdura que exponían las tiendas de comestibles abiertas 24 horas, a aceitunas griegas, a suelos fregados con agua y lejía sin cambiar en días, a charcos sucios de la calle y al barro pobre del parque. Aquel trozo del A to Z, zona de confluencia geográfica de hinchas del Arsenal y del Tottenham, mezclaba a griegos, turcos, kurdos, negros, pakistaníes, emigrantes europeos y familias inglesas que, como yo, habían terminado en zona 3 buscando alquileres asequibles. Con veinticinco años Jeremy Corbyn se convirtió en concejal de ese distrito; era 1974 y en la radio sonaban Gary Glitter, Paul McCartney y los Wings, Queen, el Waterloo de Abba y el Rebel Rebel de Bowie. Esa edad tenía yo cuando, por pura casualidad, aterricé en aquel distrito del norte norte a más de una hora de las chicas del Westend, protagonistas de una de las mejores canciones de los Pet Shop Boys. Era mitad de los noventa y, para entonces, los grupos de Brit Pop ya eran dueños de las portadas de los semanarios musicales, Mr Corbyn  llevaba una década instalado en el cercano Finsbury Park como diputado de Islintong norte y el Nuevo Laborismo del rutilante Tony Blair era percibido, hasta para el periódico The Sun, como la opción más recomendable en las siguientes elecciones.

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Como otros suburbios de la capital, aquel borough se había  incorporado al gran  Londres en los primeros sesenta. Sus calles tejían un entramado urbano desordenado, heterogéneo y tirando a desastrado, de hecho, el council podía exhibir con arrogancia algunos de los sectores de viviendas más deprimidos del país. Mi parada de metro, Turnpike Lane, en la línea Picadilly, carecía de épica, era la primera de la zona 3 y a continuación llegaba la estación de Wood Green que te dejaba a las puertas de un flamante centro comercial construido en plena crisis del petróleo e inaugurado en 1981. Todos estábamos muy orgullosos de Wood Green Shopping Centre porque nos acercaba a un mundo de posibilidades y esperanzas. Sin duda, aquel edificio feo de ladrillos rojos era uno de los lugares favoritos de los adolescentes y de muchas familias del barrio; sus escaparates, adornados con lo mejor de la temporada, invitaban a confiar en un futuro mejor.

Turnpike_Lane_UndergrounD_Station._(150813-181822).jpgEn el parque descuidado que había antes de llegar al metro, paralelo a Green Lanes, era habitual ver a un grupo de unos quince o veinte treintañeros sentados en el suelo con sus botes de cerveza de alta graduación. Eran una mezcla de punkis envejecidos, desheredados de las últimas raves y travellers sin furgoneta y sin un destino al que acudir. Vestían camisetas negras, chaquetas de cuero, ropa militar y exhibían muchos  tatuajes descoloridos en sus pieles erosionadas de mugre y de intemperie. Por la tarde, con la mirada perdida de tanta cerveza strong, se subían al metro para conseguir algo de dinero – “ – spare some change please, spare some change–  era su letanía- .  Mendigar era la manera que habían encontrado de continuar con la utopía libertaria. Uno de estos damnificados por las revoluciones perdidas llevaba toda la cara tatuada de tinta azul formando una telaraña vieja y mal dibujada que recordaba a Inglaterra.

Otro cisne negro

Cuando Jeremy Corbyn decidió disputar las primarias del Partido Laborista frente a otros candidatos más modernos, telegénicos y, aparentemente, mejor preparados, su paso al frente fue recibido por los medios, incluso afines, como el intento de uno de esos parlamentarios excéntricos que aún resistían el paso del tiempo con su demagogia izquierdista y sus indisciplinas. Un residuo del pasado, una anomalía, un superviviente de aquel viejo socialismo perdedor que quedó fulminado por el thatcherismo, por la desaparición de los mundos solidos de la sociedad industrial, por la globalización, por el lavado de cara de Guiddens y Blair, por la financiarización de la economía, por el turbocapitalismo, por la revolución tecnológica, por el “bajar impuestos es de izquierdas”, por el desembarco de las grandes corporaciones y por el florecimiento de los rascacielos en la antigua metrópolis como si fuera un paraíso fiscal. Frente a la velocidad y los riesgos de unos tiempos fluidos, allí teníamos a un activista de las causas perdida y la justicia social, vegetariano, delgado, canoso de barba rala y pinta de profesor de secundaria, trajes de otras temporadas, bicicleta para desplazarse y un montón de ideas y convicciones derrotadas cientos de veces. La cosa se había puesto tan mal para los laboristas que en los últimos años toda la contienda política parecía reducida a una lucha entre conservadores eurófobos y conservadores más europeístas.

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No hay duda de que la aparición y consolidación de Jeremy Corbyn como líder solvente  ha sido uno de los imposibles de la temporada. Es un político tan raro que parece honesto y encima conoce el barrio; en la última contienda electoral estuvo en el parque pidiendo el voto y se reunió con los vecinos para conocer sus demandas de primera mano. Como es tradicional en el laborismo, hizo de la preocupación por el deterioro de los servicios públicos uno de sus ejes de campaña sin embargo, algo inaudito en un político británico en las últimas décadas, no mostró ningún interés en la reducción de impuestos. No ganó, pero sus resultados superaron tanto las expectativas que, ahora que el Brexit ha situado al país en un territorio desconocido, todo podría ocurrir. En Haringey, en Finsbury Park, en Wood Green y en esa otra Gran Bretaña de medias jornadas, cerveza caliente, música Grime, contratos cero, éxitos de los ochenta, sueldos escasos, recuerdos de Benidorm, saturación de los servicios, degradación de los entornos, comida basura, miedo a lo que vendrá y pérdida de oportunidades hay movimientos tectónicos en el electorado que nadie esperaba y se ha empezado a superar la disyuntiva fatal de elegir entre un tory codicioso o un laborista hipócrita. Cuando ya no lo esperaban han dado con un político que les pide que vuelvan a exigir una vida más justa y un gobierno para la mayoría. Quién sabe, igual hasta los punkis del parque descubren que también cuentan con ellos para hacer de ese reino disminuido un lugar mejor.

Marcos Rubio

Crónicas Sísmicas (II)

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Carlos Torres

I
Los helicópteros nos sobrevuelan a diario. De las Lomas a la Torre Bancomer, de Bancomer a un helipuerto en Santa Fe y, de Santa Fe, de nuevo a las Lomas. Las clases sociales de esta ciudad son también una lección de proporciones geométricas en la que hay un teorema irrefutable que dice que sólo los bolsillos más pudientes pueden moverse en línea recta. Puede que ahí tenga su origen la expresión tener una trayectoria prometedora. La única certeza es que, cuanto más pobre, más curvas tiene el DF.

II
Decía Martina Bastos, autora de ‘la lluvia es una cosa que sucede en el pasado’ en Etiqueta Negra, que “los gallegos tratan a la lluvia con la confianza de un amigo”. En Ciudad de México, sin embargo, la lluvia se parece mucho más a una pariente pesada que a veces basta con que amague con presentarse por casa para nublar todo el cielo. Ni siquiera tiene que aparecer, sobra con hacer pública su amenaza para que los planes para salir a dar una vuelta por ahí queden desbaratados. Otras veces, en cambi, caprichosa como es, la lluvia nos visita de repente y se pone a despotricar contra las obras de la calle, contra los vendedores ambulantes de la calle Michoacán y contra una pareja de quinceañeras que aprovecha para besarse en cada esquina.

Aún así, reconozco que la lluvia puede tener tardes memorables en mi colonia. A mí me gusta cuando viene fría y se lanza en tromba con su cháchara contra el polvo -mitad industrial, mitad tierra de Comala- que cubre todas las rendijas de la Ciudad. Qué agradable es entonces escucharla. Porque en el fondo, la lluvia es esa pariente pesada, sí, pero una pariente que cuando por fin se se va, sabemos que si alguna ya no está, la vamos a echar de menos.

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III
Cuando México sólo era una hipótesis, la gente con la que hablamos nos advirtió de una serie de peligros para que tomáramos nuestra decisión sobre la mudanza de una forma consciente. Subirse a taxis en la calle a la manera en la que estamos acostumbrados en Barcelona o Madrid siempre estaba en los puestos más altos de esa funesta lista. Nada de taxis. Como alternativa, la mayoría de mexicanos que conocemos se mueven de una colonia a otra a través de Uber o Cabify, las aplicaciones para móvil que tienen fama de seguras entre sus usuarios.

Hay toda una ceremonia pomposa en los Cabify. Primero el conductor se presenta, después te ofrece una botella de agua, luego investiga sobre la temperatura adecuada para ti y, por último, te pregunta que estación de radio quieres escuchar. Yo siempre dejo que sean ellos lo que escojan porque me parece que la frecuencia modulada es una buena autopista para conocer un país. Andrés, nuestro guía en el Centro, me contó que en México uno sabe que envejece cuando la música de su juventud empieza a sonar por Radio Universal. En eso pienso cuando veo a los jóvenes con sus altavoces a la sombra del Palacio de Bellas Artes. Pobres ilusos, todavía no saben lo rápido que llegará su Despacito a esa estación.

El domingo por la noche después de una fiesta en una casa particular utilizamos Cabify para volver al departamento. En esta ocasión, la conductora, después de presentarse y darnos agua, se disculpó por no poder ofrecernos cambiar el dial. Y es que todos los domingos a partir de las diez, todas las frecuencias de radio de México emiten el mismo programa: La Hora Nacional. La Hora Nacional es un programa gubernamental en el que el Gobierno Federal se hace con el monopolio de las ondas y aprovecha para transmitir su mensaje, poner canciones folclóricas y hablar de temas que cree importantes para el devenir de la nación. El programa empezó a emitirse en 1937 y es una de las pocas cosas que todavía une a los mexicanos a lo largo y ancho del país. Concretamente para apagar la radio en cuanto empieza, según me comenta Andrés.

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IV
En la esquina de Rafael Rebollar con José Morán hay unos bancos donde un señor mayor descansa muchas tardes. En el rato que espero a que Nia salga del trabajo mientras leo, el señor cambia varias veces de banco. En ese rincón de la San Miguel de Chapultepec, la luz gobierna la esquina pero es el anciano el que administra las sombras. Ya me cayó otra vez el sol encima, me dice mientras se levanta por cuarta vez y de nuevo alguien le cede un sitio, porque esa es la forma que tiene el cansancio de dar de las horas.

V
Por alguna extraña razón, cada vez que me encuentro un Escarabajo en el DF, las paredes que lo rodean adquieren el mismo color. A veces pienso que el famoso Wolskwagen, después de tantos años en la familia de los coleópteros, se ha decidido por fin a convertirse en todo un camaleón. Lo bueno de esta ciudad es que, detrás de su aspecto decadente, cada calle puede alumbrar su propia revolución.

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Crónicas Sísmicas

No hace ni dos semanas que la panza del avión viró hacia Ciudad de México y una constelación de luces apareció bajo nuestros pies. Arriba la oscuridad y abajo una interminable sucesión de mínusculas estrellas. Estábamos a punto de aterrizar en el universo desordenado del DF y nunca nos habíamos sentido tan pequeños como sobrevolando esta nación sísmica. Barcelona -todos nuestros amigos y nuestros bares- podría caber sin estrecheces en un barrio de esta ciudad. Pero atrás quedan las comparaciones sobre lo conocido, porque México es ese gran temblor entre Estados Unidos y el resto de América al que nos hemos mudado a vivir.

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I

El lunes conocí a un hombre que después de setenta años se reencontró por casualidad con la enfermera con la que perdió la virginidad. Él tiene ochenta y cinco años y ella noventa y dos. Se conocieron en una alberca de Acapulco. Juntos pasaron la polio que él contrajo en la capital cuando era adolescente. Su padre alquiló una casa en la costa y puso todos los medios a su alcance para que el hijo pudiera salir adelante. Ella participaba en la terapia de rehabilitación y él se sentía menos rígido cuando lo lanzaban a la piscina y se ponía a nadar. Una siesta de aquel verano ella se metió en su cama y aprovechó para curarle de paso la enfermedad de la pubertad. Desde aquel día, él se ha preguntado muchas veces si aquella tarde también formaba parte de su recuperación pero nunca ha sabido responderse porque al tiempo se casó y se marchó de México donde no volvió a residir hasta cuarenta años después.

Hace unas semanas sus sobrinas hablaban de la familia en una sala de espera cuando una anciana les sorprendió. Quiero ver a vuestro tío, les dijo. El hombre me contó que cuando volvieron a verse después de tanto tiempo se echaron a reír. Hoy dice el periódico que en Acapulco dos hombres armados han sembrado el pánico a tiros por el paseo marítimo. El hombre comenta la noticia y tuerce el gesto. México ha cambiado mucho desde su primer encuentro. Por suerte ella lo sigue llamando mi bebé, como si Florentino Ariza y Fermina Daza hubieran nacido a la vuelta de la esquina, en una colonia del DF.

A veces el tiempo es un abrazo que empieza y acaba en el mismo sitio.

II
Hay una pequeña plaza que hace esquina entre el circuito interior y la calle Patriotismo donde los bustos oxidados de un puñado de ilustres compositores mexicanos ven pasar los coches que viene del sur. Cada mañana pasamos por allí camino de San Miguel de Chapultepec y cada mañana nos encontramos con el mismo policía de tráfico que sestea apoyado entre el busto con busto prominente de Consuelo Velázquez y el perfil serio de Ricardo López Méndez, “El Vate”. Quizá las difuntas viejas glorias mexicanas necesiten de alguien que regule el paso del tiempo por sus estatuas y el policía durmiente sólo cumpla con su parte del trabajo.

Muchas veces pienso en sacarle una foto, pero luego me imagino esposado en un coche patrulla de la división de tránsito y se me pasan todos los impulsos de hacer clic. De todos modos, hoy hubiera sido un buen momento para hacerlo de no ser porque el huracán Franklin tocó la costa de México anoche y nos hemos levantado en una ciudad que se escurre por sus grietas. Por primera vez en mucho tiempo hemos pasado por la plaza de los compositores y no había rastro del policía. Esta mañana, José Alfredo Jiménez goteaba un corrido solitario en el parque y  hubiera sido bonito poder empaparse juntos con la cultura mexicana.

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III

Chevo y Javier son los hombres que vigilan la puerta de nuestra finca. Van uniformados con traje de chaqueta y corbata pero son ellos los que me llaman patrón a mí. Javier es alto, tiene el pelo blanco echado para atrás y es muy hablador. Chevo es chaparro, entrado en carnes, le sale vello negro por todos los orificios y apuntala con sus silencios cualquier conversación. Javier me recomienda lugares en los que comer cada vez que salgo por la puerta y Chevo asiente hasta que en un aparte me dice que no puedo irme de México sin probar el mole poblano de su mujer. Salga a la hora que salga siempre están en la puerta con un walkie en la mano para que los vecinos que vivimos aquí podamos sentirnos más seguros.

Chevo me contó que hace dos horas de trayecto para llegar hasta la Condesa y cuando por fin llega, le espera una jornada de setenta y dos horas seguidas sin dormir. Algunos utilizan mezclas más fuertes, nos dice guiñando el ojo, pero él aguanta a base de una mezcla de Nescafé con infusión de Coca que de solo olerla le hace revivir.

Ayer me enteré de que a Chevo lo han desplazado a otro lugar por ‘mugroso’ según Javier. Cuando ve nuestra cara de asombro se apresura en decir que es una broma de las suyas. Si quiere cuando se vaya su señora a trabajar le acompaño a las ladys, me dice. Le digo a Javier que no hará falta, pero yo ya sólo pienso en lo lejos que queda ya ese mole poblano que Chevo nos prometió.

IV
El domingo quedamos en Reforma y fuimos caminando a Polanco. Polanco es la matriuska más pequeña de la argamasa social del DF. Un planeta extraterrestre y millonario contenido dentro de una ciudad inmensa y desigual. A Polanco se llega bordeando el bosque de Chapultepec por amplias calles de acera regular y asfalto en buen estado. Además de ser una meca para los expatriados que pronuncian la zeta a la manera ibérica, el hombre que nos ayuda a buscar piso me cuenta que este es el “lugar de gente nice” y en el que más impuestos se pagan de toda Ciudad de México. Paseamos de arriba a bajo por Mazarik, la avenida llena de restaurantes españoles, concesionarios de alta gama y sucursales bancarias para fondos de inversión. No hay mucha diferencia entre circular por estas calles y hacerlo por cualquier barrio de clase alta de Barcelona, Madrid o Nueva York. A veces parece que la gente pudiente sólo pudiera vivir en macetas llenas de tierra que trasplantan de continente en continente allá a donde van.

 

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V

Estoy sentado en El Péndulo, un café librería de Álvaro Obregón. Frente a mí, un señor con ojeras de besugo adiestra a una candidata preocupada por el trasvase de votos del Movimiento Ciudadano a Morena en su delegación. El PRI no sube, le escucho decir mientras toman agua mineral, café y una ensalada de cifras y siglas que me da acidez sólo de escuchar. Quisiera apuntarlo todo pero he olvidado mi bolígrafo en casa y al preguntar cuanto me cobrarían aquí por uno la dependienta me ha dicho que 90 pesos por el más económico. Digo que no y me siento de nuevo, me niego no porque ya controle bien la cuota de cambio del euro a la moneda mexicana, pero acabo de comer en una fonda por ese precio y entiendo que no es bueno pagar por tinta más que por un menú de dos platos y cerveza. A mi izquierda una chica busca información sobre el museo de Frida Khalo y a la derecha tres chicos que parecen tener mi edad discuten, güey, sobre los costos de producción, güey, del departamento de ventas de su empresa, güey. Por más güey que usen la gente que trabaja con números siempre parece mayor. Cuando vuelvo a la mesa del besugo y la candidata, ella dice letra por letra que ‘la literatura es algo maravilloso’. No sé qué clase de piruetas ha dado la tarde para que lleguen a esa conclusión pero me preocupa que el hombre ojeroso asienta porque, no es que en cuatro días me haya vuelto un experto en política mexicana pero, hasta yo sé que esa frase no va a hacerle ganar votos en ningún país. Sobre la mesa tengo a la hoja en blanco de mi libreta mirándome con despecho. La chica de mi izquierda pide la cuenta y apaga el ordenador. Vamos a contratar a más gente, güey, no ganamos dinero pero no perdimos, güey, basta ya, güey. Y así es como pasan mis primeras tardes en esta ciudad.

VI

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No hace falta conocer a fondo el léxico mexicano para hacerse una idea de qué significa ponchan llantas. El matiz genial está en su gratuidad. Hay tan pocas cosas gratis hoy en día que a uno casi le entran ganas de aparcar frente a esas puertas retadoras que proliferan aquí y allá.

Por unos cuantos pesos y un examen de buena voluntad, podría tener licencia para poder acercarme en coche a una buena esquina del DF y dejar que me ponchen a discreción, pero como no quiero abrir un conflicto diplomático y ser yo el responsable del aumento del índice de peligrosidad, voy a pie de aquí para allá. Es un asunto curioso el de la seguridad. Uno tarda un poco en acostumbrarse a las concertinas, las alambradas electrificadas y el personal que vigila las puertas de los departamentos pero es un choque más cultural que una sensación de peligro real. El primer día un taxista me dijo que, evitando algún barrio como en toda gran urbe, Ciudad de México es una ciudad segura porque aquí ningún yihadista te va a volar la cabeza en nombre de Alá. Cada cual arrastra su sistema de referencias por donde va.

P. D. Qué clase de ironía es que se vendan cigarros en las farmacias.

El trabajo de dar paseos. La batalla por el relato de Barcelona.

 

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He dejado un buen trabajo por decisión propia y para evitar escuchar a los portadores de remordimientos me he impuesto la disciplina de caminar al menos quince kilómetros al día y alejarme así de los rumores. Hoy, antes de salir de casa, he recibido la llamada de una operadora que me ofrecía un seguro de decesos. No he aceptado, pero hasta que no he estado bien lejos de mi calle no me he dado cuenta de lo mucho que ha contribuido esa llamada a que aligerase el paso. Sucede que siempre que se acerca en el tiempo mi consulta con la cardióloga recibo llamadas de las aseguradoras: muerte, ahorro y salud. No es que me escandalice pensar que somos datos vendidos al mejor postor pero, por si acaso, siempre que alguien así me llama, le cuelgo. Si quisiera tratar con traficantes de temores entraría a una iglesia.

De hecho he intentado entrar a la de Sant Pacià, en Sant Andreu, pero estaba cerrada. Es curioso porque la iglesia alberga en su suelo un mosaico diseñado por Antoni Gaudí y, sin embargo, a diferencia de la gran mayoría de sus obras –mayores o menores, casi nadie viene a visitarlo. Sólo los feligreses que arrastran sus pies octogenarios en misa de nueve por la nave central, dan lustre hoy a la obra de Gaudí.

Y, en una ciudad hipotecada a la consagración de su arquitecto estrella, no deja de sorprenderme pasear por aquí y ver la calle vacía, sin colas de italianos abanicándose el calor o tienda de souvenirs en la esquina. Tal vez Sant Pacià no ha encontrado todavía quién la escriba y, en el turismo, la importancia del relato es clave. Hay elementos de la ciudad olvidados durante décadas hasta que una nueva narrativa los mitifica. Un buen ejemplo en Barcelona son las baterías antiaéreas que coronan la montaña del Carmel, menospreciadas desde la Guerra Civil salvo por los oriundos del barrio, pero que ahora son uno de los miradores más de moda de todo el Mediterráneo. Y si esto sucede así es porque las guías turísticas, órganos oficiales de la mitología moderna, han incluido las baterías en su compendio de ficciones basadas en hechos reales. Y como nadie está a salvo de esas ficciones, yo también me dirijo hoy a Horta y el Carmel, con la esperanza de que me ayuden a saciar mi nostalgia de pueblo.

Nostalgia rural.

Los dos barrios configuran un un paisaje abigarrado y como todos los paisajes, están llenos de ilusiones ópticas. En Horta, por ejemplo, las señoras mayores salen a la calle con el carro de la compra vacío y regresan sin llenarlo. Es mi trampantojo doméstico favorito porque me recuerdan a mi abuela. Apoyarse en el carro evita que esas Lady Rolser tengan que llevar el bastón o la muleta que necesitan para caminar y, a la vez, fingir que van a comprar les hace parecer todavía dueñas de su casa, lo que mantiene a salvo su anciana coquetería.

Pero la nostalgia no sólo se siente a través de la vista. En la calle del Farnés, por ejemplo, los árboles supuran una sustancia viscosa que impregna la acera con su pantalla y las suelan se quejan como si pasearan por el rastro de cera que deja en las calles una procesión en mi pueblo. A veces, los pies son tan ignorantes que no saben distinguir entre el reguero de la fe y la fuerza de la naturaleza.

IMG_5210.jpgEsa nostalgia también está en el olor de la calle Aiguafreda, un ramillete de casas de planta baja que remata en un codo. Al fondo, detrás de una parra trepadora que da sombra a un pozo, hay una casa reformada donde los dueños pueden permitirse dejar la puerta abierta. La vigilaban dos pequeños perros que han salido a mi paso tan desnortados como yo. Ellos, por tener que espantar un turista en estas esquinas, y yo, por la impresión de encontrarme con una pieza del puzle de mi infancia encajada sutilmente en el rompecabezas de Barcelona.

Piedra, Pan y Tijeras.

A pesar del buen puñado de calles partisanas que atesoran, Horta y el Carmel han cedido mucho terreno a la maquinaria del progreso estéril y a sus últimas modas urbanas. En un paseo por estos distritos uno puede documentar cómo proliferan las nuevas barberías de entre los últimos despojos de las tiendas de cigarrillos electrónicos. Después de los panaderos, creo que el de peluqueros debe ser el gremio más nutrido de Barcelona. Y hay una duda al respecto que me ronda la cabeza: no logro entender por qué las nuevas peluquerías se esfuerzan tanto por parecer locales regentados por viejos para llenarlos de clientela cuando las peluquerías regentadas realmente por viejos están vacías.

IMG_5208.jpgEstoy tratando de resolver esa duda cuando tomo un cruce y me encuentro con la bocatería El Volcán 3 que está inactiva a estas horas. Entre la calle Salsas y la calle Campoamor el bar Los Dos parece abandonado y, aunque espero que no sea por divorcio, mucho más irónico me parece que el restaurante latino Sin Fronteras prohíba el paso al lavabo a todos los que no sean clientes. Varios establecimientos tienen echada la persiana. Maldita sea una ciudad en la que es más fácil encontrar amigos para tratar de escapar de una habitación que pare entrar en un bar. De pronto las nubes brincan la montaña y abandono el barrio para volver a casa. Voy por la calle Puerto Príncipe cuando empieza a llover bastante y no puedo evitar pensar que la calamidad atmosférica se ceba con Haití en todas sus manifestaciones.

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La lluvia me hace refugiarme en una esquina justo delante de la Iglesia Pentecostal Unida de Europa Segunda de Barcelona. Me pregunto cómo se puede estar unida y sin embargo ser la segunda. También me preocupa cómo abreviarán sus correligionarios el culto que profesan. ¿Somos de la Unida? ¿Somos de la Segunda de Barcelona? El local, visto desde fuera, parece una agencia de viajes que se resiste a admitir que internet les ha vencido. Sin embargo mis dudas se quedan estrechas cuando un poco más lejos de allí, en Navas, me encuentro con el Centro Evangélico Koinonia Asamblea de Dios Ministerio Koinonia España (Visión de Águila). El icono que corona la entrada es una ave rapaz. Imagino que aquí es donde cazan más fieles y me viene a la mente el seguro de decesos.

Barrios impuros

Al día siguiente me desayuno leyendo una entrevista a Lluis Cabrera, el inmigrante andaluz que creó el Taller de Musics, en la que decía que Cataluña será impura o no será. Tenía pensado bajar a la calle Sócrates para honrar a la escuela peripatética y cuando llego me encuentro una ikurriña pintada, un casal cultural que se llama los Catalanistes y carteles anunciando la feria de abril que se celebrará la semana que viene en el Parc del Fórum. Pienso en la entrevista, ésta es la armonía que me representa.

Y en eso pensaba cuando de camino al mar he cruzado Poble Nou. Quizá las hordas de turistas que preguntan por Gaudí, en todos los lugares menos en Sant Pacià, podrían parar en la esquina de Independencia con Consell de Cent. Allí, en una experiencia 360º, pueden hacerse una buena idea de la Barcelona actual: una lona en un andamio del grupo chino Dayuanhuan, una estelada en una ventana, un cartel del show de comedia 100% árabe organizado por Abderazak Alwatani, una bombona de butano en un balcón y una casa en ruinas.

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He seguido hasta a la playa para sentarme en las sillas del paseo. En la arena se ofrecen clases de Crossfit y los mirones disimulan para coger sus puestos de observación cuando las chicas se ejercitan. Mucho menos discretas son las adolescentes francesas que ovacionan a los gallitos que sacan pecho en el gimnasio callejero que el ayuntamiento montó en el espigón. Detrás de ellos los barcos cargueros que parten hacia su destino parecen pintados sobre el mar como si quisieran recodarnos que todo lo que tenemos delante: la juventud, los músculos y hasta las lenguas extranjeras, son sólo una ilusión pasajera. He dejado un buen trabajo y me he puesto a caminar, pero empiezo a entender que para perdurar en nuestros puestos todos necesitamos inventarnos un buen relato.

Fotos y texto: Carlos Torres

 

 

El Museo Nacional de la Corrupción

comienza-el-juicio-de-la-trama-gurtel-barcenas-correa-y-otros-acusados-llegan-a-la-an.jpg….. Caso Flick, Caso Kio, Caso Filesa, Caso Wardbase, Caso de los fondos reservados, Caso Ave, Caso Osakidetza, Caso Cesid, Caso Guerra, Caso Casinos, Caso Ibercorp, Caso Sarasola, Caso Urralburu, Caso Cementerio, Caso Godó, Caso BFP, Caso Gran Tibidabo, Caso Estevill, Caso Turiben…

Celebrar la adversidad

En el distrito de Wola en la desangelada Varsovia se inauguró el 31 de julio de 2004 el Museo del Alzamiento, un espacio conmemorativo a mayor gloria de los ciudadanos que tuvieron la valentía imprudente de levantarse contra los Nazis en 1944. El espacio expositivo se articula en distintas salas con diferentes escenarios que intentan recrear como fue esa lucha desigual, cruel y heroica contra la Alemania de la ocupación. El museo está concebido como un canto al valor del pueblo polaco en un momento tremendo. La visita es entretenida pero huele bastante a nacionalismo de estado; pagado, probablemente, con fondos europeos. Cuando se estudie la magnitud de los estragos de la corrupción que hemos sufrido en democracia nos vamos a quedar espantados del daño producido, de la dimensión de las montañas del dinero robado, de los miles de enchufados que se beneficiaron de los amigos del partido, del desprecio a los méritos y a la preparación de los que no tenían un padrino, de los sueldos gigantescos que se pusieron los políticos mediocres, de los sobrecostes que sirvieron para hacerse rico y financiar el partido, etcétera. Destrozos, ruina social, proyectos subnormales, políticos basura, empresarios chupasangre de lo público, periodistas rata, liberalismo cañi, privatizaciones para colegas, institutos públicos y agencias de toda índole, lugares ideales para enchufar inútiles y para evitar muchos de los controles que, en teoría, constriñen la puesta en marcha de políticas públicas. Un espacio que recoja todo esto le va a venir muy bien a la formación de nuestro espíritu nacional, a la promoción de la marca España, a la educación de nuestros jóvenes y a todo el que quiera conocer una parte de nuestra historia más mezquina, esa que mezcla insensibilidad con los más necesitados, una avaricia sin límites y la grosería de los impunes; esos mierdas que se indignan sudorosos y, con saliva seca en las comisuras de los labios, escupen: – la zorra esa no sabe con quién está hablando- . A todos los que usaron su cargo para hacerse ricos de forma ilegal y a esos responsables nacionales o autonómicos que nunca hicieron nada para evitarlo les debemos está construcción emblemática que nos ha de servir para conocernos mejor como pueblo. Si conseguimos exponer de manera didáctica las claves explicativas del cómo y el por qué se ha robado tanto desde las instituciones entonces tendremos garantizado el asombro de todos los visitantes de nuestro flamante museo. Kurt Cobain dejó dicho que la obligación de la juventud es enfrentarse al desafío de la corrupción. Qué mejor que un museo nacional, para no olvidar que con todo lo que nos quitaron podríamos haber sido un país mejor y mucho más justo. Si Varsovia tiene su museo del Alzamiento nosotros tendremos nuestro Museo Nacional de la Corrupción.

_KTT1192_NoticiaAmpliada.jpg(—-) Caso Salanueva, Caso Expo 92, Caso Paesa, Caso Banesto, Caso Palomino, Caso Gal, Caso Petromocho, Caso Naseiro, Caso PSV, Caso Hormaechea, Caso de la mineria, Casos Sóller, Caso Zamora, Caso Pallerols, Caso del Lino, Caso SanLúcar (…)

Otra primera página de infarto y van….

Domingo 23 de abril, el periódico global dedica buena parte de su pimera a la Trama Lezo. El nuevo capítulo, por el momento, del Spanish Tangentópolis en la Comunidad de Madrid. Compraventas turbias. Agujeros millonarios. Apropiación de fondos públicos. Consejeros de empresas implicados. Responsables de medios de comunicación implicados. El tertuliano saleroso y bocazas que siempren da lecciones llamado a declarar. Políticos muy importantes del partido del gobierno implicados. Fianzas de 100 000 euros. Más de 23,3 millones de las arcas públicas en paraísos fiscales. Grabaciones comprometedoras. Adquisición fraudulentas por parte de la empresa pública de aguas de la Comunidad de Madrid de una compañía brasileña. Empresas interpuestas afincadas en Uruguay. Transferencias de fondos a cuentas de Suiza. Importantes patrimonios de algunos de los implicados en el extranjero. Depositos bancarios en otros países. El consejero de uno de los grandes periódicos de la derecha investigado. Una magistrada de la Audiencia que supuestamente les adviritio que los estaban grabando. Un directivo de buen parecer, divertidísimo y amigo de juventud de los reyes, detenido y en libertad bajo fianza. Hay mucho más que va saliendo de ese volcán de excrementos y, por si faltaban estrellones en el reality, aparece un clásico entre clásicos para fortalecer los vínculos con el pasado de todo este mogambo (1). Estas continuidades telúricas, estos restos de carmín, son los que hacen enloquecer al crítico de música Greil Marcus. Ladys and gentelmen, entra en escena el más bronceado, don Eduardo Zaplana, ex ministro popular y ex presidente autonómico de la Valencia de los milagros, famoso por su salero y por una frase que nunca dijo: –“ Yo he venido a la política para forrarme” exhibición de sinceridad que nos va a venir de perlas como lema de nuestro Museo Nacional de la Corrupción. Qué jóvenes éramos cuando lo del Caso Naseiro, aún faltaban tres años para que los Planetas publicaran el Medusa EP y ya se habían tejido las bases sobres las que edificar un sistema de corrupción moderno, liberal y democrático para la España postindustrial y descentralizada que se consolidaba.

(…) Caso Forcem, Caso Gescartera, Caso Zarrafaya, Caso Bolín, Caso Salmón, Caso Salayonga, Caso Matsa, Caso Alzoina, Caso Plasenzuela, Caso Castelfollit , Caso Mercasevilla, Caso de los EREs falsos de Andalucia, Caso Riopedre, Caso ITV, Caso Millet, Caso Cambil, Caso Porcuna, Caso Nóos, Caso Totem, (…..)

Los problemas de vertebración de España

Pongámonos épicos y que la Historia cambie de Edad; se fue a la mierda el Imperio Romano y empezó Juego de Tronos, un periodo muy entretenido y muy HBO lleno de ciudades, reinos, naciones y fragmentos que colisionan en una reorganización conflictiva donde no faltan las guerras, las traiciones, los matrimonios de conveniencia y muchos religiosos por todas partes. Si se fijan en la cartografía de Europa, verán los costurones de todos estos proceso, buena parte del mapa parece un falda hippy hecha con distinto trozos recosidos formando un patchwork donde siempre sobró el odio, las ambiciones y las ganas de bronca. Con todo, tuvo que llegar ese sarampión burgués que fue el romanticismo para que se empezara a hablar en serio el espíritu del pueblo, de las esencias de la nación y para que se dispararán las ambiciones infladas con banderas nacionales e himnos grandilocuentes. – Un cuarto de hora de Wagner y te entran ganas de invadir Polonia-, advierte la célebre cita de Woody Allen. Frente a la retórica nacionalista que vuelve a estar muy top en las listas de éxitos, al estado moderno siempre le ha venido muy bien contar con elementos que vertebren y cohesionen el territorio. En la Hispania romana los arboles permitian a las ardillas ir de Gibraltar a los Pirineos, en la Esapaña del ladrillo, se podía hacer el mismo recorrido de piscina en piscina y de urbanización en urbanización. Reconozcámoslo sin vergüenza, uno de los hechos que mejor han vertebrado nuestro territorio en los últimos treinta años ha sido la corrupción politica. Es difícil encontrar un rincón de la patria que se haya librado de está desgracia.

0_s36em1lo.jpg(…) Operación Biblioteca, Caso Brugal, Caso Emarsa, Operación Pitusa, Operación Pokemon, Caso Divar, Caso Cooperación, Caso Barcenas, Caso Amy Martín, Tarjetas Black de Caja Madrid, Operación Púnica, Caso Terra Natura Benidorm, Caso Gürtel, Trama Lezo(…..) (2)

Salas para héroes y para villanos

Bienaventurados los partidos políticos que sean los primeros en perseguir la corrupción de los suyos. Bienaventuradas las legislaciones que pongan muy difícil meter la mano en la caja de todos y abusar de lo público porque el castigo será muy superior al beneficio. Bienaventurados los electorados que nieguen el voto a su opción política favorita cuando los casos de corrupción sean tolerados y los corruptos protegidos. Vamos a tomar nota de ese Museo del Alzamiento polaco para hacer nuestro museo del expolio; la corrupción que hemos soportado desde que conquistamos la democracia ha sido nuestra particular invasión de termitas que destroza los pilares de la confianza y hace un infinito daño social. Si hemos llegado hasta aquí nos merecemos un espacio que ponga en valor a los héroes y que desvele las miserias de los malvados que una vez pensaron que lo de todos era solo suyo. Nos dotaremos de unas instalaciones interactivas y con todos los adelantos que ofrecen las nuevas tecnológicas. En las salas de los héroes rendiremos tributo agradecido a las funcionarias y funcionarios que se jugaron el puesto, la salud y mucho más por denunciar las irregularidades con las que se dieron de bruces un mal día. También expondremos biografías de políticos que dedicaron su tiempo al bien común, buscaremos, aunque sea difícil, responsables de grandes empresas que firmaron contratos con las administraciones públicas sin pagar tres porcientos y destacaremos a periodistas de la prensa local y de la digital que se jugaron el pan de sus hijos por desvelar las irregularidades de cargos poderosos y de empresarios intocables. Dice la leyenda que hubo algún consejero honrado en los consejos de administración de las cajas de ahorros saqueadas; en nuestro museo se contaran sus gestas para que sirvan de modelo a los futuros directivos. Además, conscientes de que las tiendas de recuerdos son cada vez más importantes, en la nuestra habrá un surtido de objetos de los más sugerente, tarjetas black, tazas con la cara de Tamayo, de Blasco, de Matas, de Urdangarín, pequeños jaguar de juguete, cinturones con el lema Gurtel, botellas de ron Brugal , Pokemon de peluche, títulos de los cursos para desempleados andaluces, sobresueldos firmados por Bárcenas, videos de la boda de la hija del presidente Aznar y de la visita del Papa a Valencia, etcétera, etcétera, etcétera. Con nuestro merchandising exclusivo lo vamos a petar.

Está claro que hablamos de un museo muy distinto al erigido en Varsovia a mayor gloria del valeroso pueblo polaco, pero también para nosotros empieza a ser necesario un lugar donde se visualice el enorme saqueo de España y el sufrimiento de nuestro pueblo               ¿ Terminará el señor Don Mariano Rajoy posando en alguna de las salas del flamante Museo Nacional de la Corrupción? La respuesta a esa pregunta crucial, como nos reveló el gran Bob Dylan, siempre estuvo flotando en el viento; el tiempo dirá.

Marcos Rubio

(1) Mogambo es un concepto utilizado por mi amigo Paco de Elche para referirse a un lío mayúsculo o una movida monumental. Paquito no tiene vínculos familiares con el Niño de Elche aunque creo que le gusta.

(2) Los casos de corrupción citados los hemos encontrado en https://es.wikipedia.org/wiki/Corrupci%C3%B3n_en_Espa%C3%B1a y suponemos que o faltan o nos hemos dejado algunos sin recoger; pero, eran tantos…

BARC€LONA, un paseo con Suketu Mehta (I)

 

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Texto y Fotos: Carlos Torres

I

A veces pongo el filtro en más de mil quinientos euros y paso días enteros mirando los pisos de la web de Idealista. Me gusta vivir la ensoñación de esas casas, dormir en esas camas, bañarme en esos baños, beber ese vino prohibitivo que debe saciar la sed de éxito y disfrutar del orgasmo de tener una terraza con esas vistas. Lo dice Suketu Mehta en ‘La vida secreta de las ciudades’: “Algunas de las ficciones más elaboradas de la ciudad no se esconden en la obra de los novelistas, sino en los folletos de las inmobiliarias y en los planos urbanos. Constituyen una ficción, una idea del futuro”.

Pero cuando llegué a Barcelona en 2011 el futuro parecía un proceso más sano. O tal vez no, porque la ciudad se movía en la contradicción del mayo indignado de Plaza Cataluña por las mañanas y la salvaje inflación del Primavera Sound por las noches. Desde entonces me he mudado más de seis veces. En El día del Watusi, los personajes de Casavella enfilaban Montjuic abajo con su maleta de cartón para instalarse en la estepa unificadora del Eixample. Hoy los descastados que vivimos en Barcelona tenemos que volver a mudarnos porque la fuerza centrífuga del turismo nos expulsa a nuevas montañas del extrarradio. De vivir, Casavella hoy debería añadir varias páginas a la derrota de sus protagonistas. Y ahora que ya han probado lo que era habitar entre esos héroes mortales a los que el barro nunca les salpica, todo es más decepcionante. “Cuidado con el pasado (…) es un lugar peligroso, pues es donde reside el hogar”, dice Mehta al apuntar su teoría de que cada ciudad tiene su propia tristeza. La de Barcelona se parece a la de Venecia. Es la tristeza del triunfo.

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II

En un bar de Sant Feliu de Llobregat, a escasos doscientos metros del pabellón deportivo Juan Carlos Navarro, héroe del mestizaje local, desayuna un butanero. El calor del trabajo le deja al descubierto un tatuaje del CE Sabadell en un tobillo y el emblema de las SS en la rodilla. En todos los años que he vivido aquí sólo he visto butaneros pakistaníes que te despiertan los sábados a golpes de martillo en las bombonas. Imagino que los turnos del tipo que desayuna en la barra con sus compañeros serán muy explosivos. Hombre come hombre, mientras los especuladores cobran por el cubierto.

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III

Un paquete de chicles en Francesc Macià cuesta un euro, en Travessera de Gràcia 95 céntimos y en Pi i Margall 85, Barcelona es una ciudad donde hasta el precio de la goma de mascar es elástico.

Cuenta Suketu Mehta que el éxito de ciudades como Nueva York reside en que fueron capaces de cambiar su relato en algún punto de la historia. En Manhattan revirtieron el aura de ciudad insegura de los setenta al proyectar sobre Europa su imagen de ciudad cosmopolita y cinematográfica. En la Gran Vía de Las Cortes Catalanas las banderas de las farolas recuerdan que este verano se cumplirán veinticinco años de los Juegos Olímpicos.

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IV

A juzgar por lo que veo en Airbnb, medio barrio del Raval se cae mientras el otro medio se levanta más de 120 euros por noche.

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V

Hace cuatro años vivíamos quinientos metros más cerca del centro y conté esta historia: “En una calle de Gràcia hace años que hay un descampado vacío; un nido de maleza que emerge como frontera de mala hierba al urbanismo de los años treinta y cuarenta. Quién sabe cuánto se pudo pedir por él en los años de bonanza; millones y millones por un puñado de metros edificables en el corazón de Barcelona en la era dorada de la burbuja. Sin embargo, aunque caro, el solar no está en primera línea de turista, esa que transitan los visitantes ex soviéticos que vienen a dejar sus ahorros en las tiendas del Paseo de Gràcia. La misma que el Ajuntament utiliza para promocionar a bombo y platillo sus atractivos: el último musical, la nueva exposición, la próxima candidatura de Juegos Olímpicos de invierno… “Barcelona, posa’t guapa”, dicen desde hace casi treinta años las lonas que cubren los edificios en rehabilitación que se inyectan el bótox de las reformas para que los japoneses puedan disparar mejores fotos. Raramente se cruzan esos asiáticos en sus rutas de cine con la otra inmigración: subsaharianos, rumanos o magrebíes, que empujan carros de la compra donde cargan los despojos metálicos de los que la sociedad de consumo se deshace. O en el mejor de los casos, si esos dos mundos convergen en algún punto de su estancia en la capital catalana, los señores que empujan carritos se convierten en una atracción más que plasmar en Instagram de esta ciudad abierta veinticuatro horas al turista.  Son los habitantes de esa Barcelona dura y abigarrada de la que nada se escribe en la Lonely Planet y a la que el ayuntamiento no dedica demasiados esfuerzos en su lavado de cara.

En Gràcia, uno de esos extranjeros que rebusca en los contenedores de la esquina, ha conquistado el solar que lleva años vacío. Es solo un terruño que mella la silueta de la ciudad, un paisaje abandonado en el que ahora crecen dos chabolas como un erupción cutánea en la clase media que le rodea; se supone que pronto el ayuntamiento reparará en ello, como aquellas partes de nuestro cuerpo que olvidamos hasta que un mosquito nos pica. Mientras tanto, los vecinos los ven entrar y salir para descargar su carro lleno de ferralla, cada vez más escasa, cada vez más disputada. Al principio la protovivienda no disponía de mucho más que un par de colchones, una cacerola en la que calentar agua con una resistencia eléctrica y montones de ropa pasada de moda que han ido rescatando de la calle. Pero el invierno se acerca también para los pobres, y todo aquel que viva en los edificios contiguos puede ver como en los últimos días los colonos han llevado hasta su solar nuevas adquisiciones para mejorar su casa. Telas metálicas y sacos azules de rafia que, como si de un Ikea de la calle se tratase, intentarán hacer frente al frío y a la lluvia que está por venir este otoño.

El casting para la techumbre habrá sido duro estas semanas: plásticos, maderas y telas descansan en un rincón del descampado.  Sin embargo, ayer, una vecina que se asomó a su terraza después de tender la ropa pudo ver sorprendida como por fin los inmigrantes han encontrado una lona que sellará su techo de las goteras. Desde el quinto piso claramente se lee: Barcelona, posa’t guapa”. Como vivo en la misma calle pero en otro barrio que no queda lejos, a veces todavía paso por la puerta de mi antigua casa. Los chatarreros fueron desalojados poco tiempo después de escribir la columna y en menos de dos años las hormigas de la construcción levantaron un edificio de lujo con todos sus acabados. Muchos pisos ya están habitados. He encontrado unas fotos del interior de uno de ellos en el Idealista. 640.000 euros la vivienda. Y ni siquiera tienen vistas.

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VI

A veces una charanga compuesta por valencianos sale a la calle a montar juerga. Cuando la escucho vuelvo al pueblo. Me gusta pensar que las cosas allí son igual que cuando me marché. Pero las ciudades, también los pueblos, se desordenan cuando no estamos. Dice Mehta que la música es la forma más barata de teletransporte. Aunque no dice que a veces el viaje sólo conduce a la nostalgia y que la nostalgia es un laberinto.

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VII

Hace tres años tuve un pequeño problema de corazón y me ingresaron en Vall d’Hebron para operarme. En cuanto se enteraron, mis padres cogieron un tren a Barcelona para acompañarme en la espera y hacerme los días de hospital más llevaderos. Esa semana se celebraba en Barcelona el Mobile World Congress, cumbre mundial de la tecnología telefónica y evento estrella para el ayuntamiento, así que la ciudad se llenó de ingenieros de telecomunicaciones, furgonetas con cristales tintados, prensa especializada siempre dispuesta rapiñar un USB-llavero y tipos fornidos que repartían folletos de casas de citas en las puertas de las estaciones de metro. Como yo por entonces vivía en un piso compartido y no tenía dónde alojarlos, mis padres se pusieron a buscar de urgencia un hotel donde poder dormir hasta que me operasen. Del disgusto de ver los precios, a punto estuvieron ellos de necesitar otra operación. La burbuja del turismo ‘de calidad’ estaba disparada y les pedían por una noche en un hotelucho más de lo que mis tres compañeros y yo pagábamos por mes en Gràcia. Al final, después de mucho buscar, acabaron durmiendo en una pensión -a más de quince kilómetros del hospital- donde el precio era un poco más asequible pero también disparatado. Más o menos así así fue como mi operación de corazón acabó costándoles a mis padres un riñón.

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VIII

Los miembros de una plataforma ciudadana vinculada a un partido reparten rosas junto a un folleto. Me pregunto qué tardará más en marchitar, si las promesas o las flores.

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IX

En esta ciudad el tiempo es un serrucho. También para los surfistas de la Barceloneta, que todas las tardes cabalgan sus decepciones de medio palmo en sus tablas de madera. Hoy los veo correr paseo abajo en el único día viento de todo el mes. Cuando quieran llegar a la playa o el mar habrá vuelto a la normalidad o alguien les querrá cobrar por usarlo.

Buscar las respuestas en la antigua central de energía de Bankside y terminar tarareando a The Smiths

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Impresiones sobre la charla de Frances Morris, directora de la Tate Modern, en el IVAM.

¿Hay alguien ahí?  

 ¿Alguien tiene un plan, una idea, algún pronóstico? Terminó la conferencia de la directora de la Tate Modern en el IVAM sin una maldita referencia al Brexit y al nuevo escenario que se vislumbra ¿ Era tan descabellado esperar una valoración de todo lo ocurrido en los últimos meses? ¿Por qué la máxima representante de ese infinito museo, atracción global de los tiempos hipermodernos, se iba a molestar en darnos su opinión sobre uno de los acontecimientos más determinantes de la historia reciente de su país y probablemente de Europa? La madrugada en la que la BBC confirmó que habían ganado los partidarios de abandonar el mercado único, la escala de Richter registró más actividad que la mesa de grabación donde se grabó el riff de Smell like Teen Spirit. Porque decir adiós a la Unión Europea era un terremoto mil veces más potente que la publicación del God Save the Queen o la aparición de Ziggy Stardust. Un movimiento tectónico de tal magnitud que va a tener consecuencias en lo económico, en lo social, en lo político, en lo cultural y, sin duda, en lo artístico.

La grieta y todo lo demás 

A veces, cuando escribo, me gusta malcopiar la habilidad de Don Delillo cuando utiliza  las imágenes de arte contemporáneo para crear metáforas que trasmitan el olor de la velocidad, de la angustia y del miedo de estos tiempos frágiles. En Cero K, su excelente novela del 2016, el escritor neoyorquino volvió a darnos una lección sobre cómo utilizar esos materiales para explicar el ruido de fondo que produce el riesgo indeterminado que se ha filtrado por los poros de nuestra realidad temerosa. Vivimos unos tiempos cuyas certezas se agrietan y las referencias cambian tan rápido como el Timeline de Facebook. No hace falta leer Houellebecq para comprobar que la soledad es una de las plantas que mejor se han adaptado a nuestro ecosistema. El escritor de Las Partículas Elementales ha demostrado ser, como Delillo, un cirujano certero de lo contemporáneo; en su premiado El Mapa y el Territorio reflexiona sobre el mundo actual a través del arte, el dinero, la muerte y el trabajo en una novela soberbia que es también una fotografía de estos tiempos de capitalismo deshumanizado. No hay duda de que hay obras que tienen la virtud de explicar los tiempos que vivimos y otras que incluso son capaces de anunciar  lo que  aún nos tiene que llegar ¿A caso no auguraba O K Computer de Radiohead,  hace ya veinte años, las miserias de un capitalismo que iba a girar con velocidad turbo espoleado por los préstamos de dinero barato y la desregulación de los mercados?

En octubre de 2007, la artista colombiana Doris Salcedo sorprendió al mundo del arte con su intervención en la Sala de Turbinas de la Tate Modern. En esa gran vitrina global preparó, con el máximo secreto, una obra de arte rotunda y explicita, una fractura en el suelo de 167 metros que tituló Shibboleth -una referencia bíblica que encontramos en El Libro de los Jueces,12- y que servía para identificar a los extranjeros que intentaban cruzar el río Jordán; la dialéctica de nosotros y los otros; Europa y los refugiados y en medio, una profunda grieta como una valla mexicana o una verja de Melilla. La gran fisura era honda y dolía en el suelo del hall inmenso y además, auguraba las brechas de desigualdad que estaban por llegar. Pocos meses después de la inauguración, la crisis de las subprimes explotó y en pocas semanas sus hipotecas locas sembraron el terror en muchas economías con la fiereza de un virus que no encuentra resistencia. Cayó Lehman Brothers, se encogió el crédito, muchas entidades financieras se convirtieron en zombis y empezó la explosión de las burbujas: la inmobiliaria, la del endeudamiento infinito, la de los partidos políticos tecnócratas y corruptos  y la de la imbecilidad de los que defendían que reducir los impuestos a los más ricos era de izquierdas. Adiós al espejismo que nos había prometido que todos seríamos clase media. De repente habían vuelto las crisis cíclicas y las amenazas sistémicas; muchos gobiernos ardieron en su hoguera de las vanidades. Pasado el shock se olvidaron de la justicia y de otros capitalismos posibles y, bajo el chantaje  de lo inevitable, se implementaron políticas de recortes, devaluación de salario y degradación de las condiciones laborales en aras de una austeridad luterana que hizo que los costes de las crisis los soportaran los de abajo, al tiempo que mejoraban las posiciones de los mejor situados. Grietas de desigualdad creciente en la entrada faraónica de la Tate Modern y en muchas sociedades de países desarrollados. Doris Salcedo, como una sacerdotisa de Delfos, había tenido la enorme habilidad de advertirnos de lo que estaba por venir.

El final del mundo como lo conocíamos

Hace mucho tiempo que Valencia se quedó fuera del circuito de giras  de los grandes nombres del Pop, quizás fue con el Brit Pop la última vez que fue tenida en cuenta por los tour managers internacionales. Tampoco ha sido frecuente que figuras importantes del establishment cultural se dejaran ver por nuestras instituciones. Por eso, el anuncio de la charla de la directora de la Tate Modern en el IVAM, rebasaba la mera actividad académica para convertirse en un acontecimiento cultural y mediático  que fue recogido ampliamente por toda la prensa regional.  El encuentro nos iba a permitir escuchar a una de las grandes celebrities del sistema del arte, una experta en lo intangible, con acceso a informaciones únicas, acostumbrada a relacionarse con los secretos de la creación y con capacidad para interpretar las huellas que va imprimiendo el futuro. La charla se iba a centrar en el género, en la ampliación de las geografías del arte y en la importancia de la institución en la reivindicación de producción artística poco valorada;  seguro que también había tiempo para que nos diera su visión de lo que había pasado y de lo que estaba por venir. Su museo, recién ampliado, se levanta en la orilla sur del Támesis, a escasos metros de la zonas cero donde se deben estar  gestionando todos los detalles del Brexit. Pocas semanas después de tragarnos el cisne negro del portazo británico a la Unión Europea llegó la gran bomba nuclear Trump y el sistema de equilibrios y relaciones se llenó de amenazas. El presidente de los Estados Unidos es el  Highway to Hell con tupé rubio de los perdedores de la globalización. Si pasa como en las canciones de AC DC al final tendremos mucho ruido y pocas consecuencias pero los hay que piensan que podríamos estar, como cantaban los REM de Michael Stipe, en el final del mundo como lo conocíamos.

 

El Futuro ya está aquí. 

La tarde olía prematuramente cálida y un cielo azul con brochazos de rojo muy Cocteau Twins, etapa Heaven or Las Vegas,  se resistía a oscurecer.  La sala se llenó unos minutos antes de las siete y a los más rezagados no les quedó otra que sentarse en el suelo o permanecer de pie en los pasillos de los lados. Con la naturalidad impostada de los que se sienten observados, tomaron asiento frente al público, en el estrado, el crítico y profesor Juan Vicente Aliaga, la señora Frances Morris y el director del IVAM José Miguel Cortes. Algunos trabajadores del museo iban y venían, salían y entraban, uno de los responsables se acercó a la conferenciante y le susurro algo relacionado con llevarla en algún momento futuro al aeropuerto. El micrófono estaba abierto en un concesión a la transparencia que hubiera desagradado a Byung-Chul-Han. Había muchas personas del publico que se conocían y se saludaban, tampoco faltaba quien, en un último esfuerzo, intentaba hacerse con una butaca. No paraban de entrar rezagados con la cara agitada del que busca algo, había entre el público más mujeres que hombres y predominaban el segmento treinta y muchos, cuarenta y algo. Aquella élite cultural que se había molestado en acercarse a la conferencia también se dividía de manera irresoluble entre los que eran capaces de entender el Inglés y los que iban a necesitar la ayuda de auriculares para la traducción simultánea. Cuando pensábamos que iba a comenzar el espectáculo se nos informó de que todo se retrasaba unos minutos; por motivos de seguridad las personas sin asiento tendrían que despejar los accesos. Para compensarles se estaba habilitando una pantalla en el hall donde podrían seguir el acto en streaming. Muchos desafiaron las consignas de seguridad y decidieron permanecer de pie las casi dos horas que duró la conferencia y el coloquio posterior. Retrasmisión en Streaming, pantalla para ver la realidad, obsesión por la seguridad, voluntad de presenciar la performance, necesidad de formar parte de las ceremonias de reconocimiento cultural, anhelo de las experiencias reales, la conferencia como espectáculo y la realidad como una posibilidad más. Como advirtieron Radio Futura, el futuro ya está aquí .

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La Señora Frances, La silla vacía y Messi

La directora de la Tate Modern es la antítesis de Tita Cervera, tampoco se acerca al perfil llamativo y extrovertido de Carmen Alborch y mucho menos al look de investigada que aún pasea la anterior responsable del IVAM, ni siquiera lleva ese rollo yosiquemolo con el que se adorna Vicente Todolí con su aceite virgen y su vida off line. Cercana a los sesenta; de imagen sobria y solvente, se presentó con el pelo liso y corto, vestida con un pantalón negro y  una camisa a rallas negras y verdes por fuera y abotonada hasta el cuello. Tenía la  piel blanca y los ojos ingleses, almendrados y de color azul acuoso. Durante la conferencia sonrió con frecuencia de forma tímida. Unas gafas pequeñas para la presbicia, que se ponía y se quitaba según viniera al caso, reforzaban la imagen de profesionalidad. En sus orejas grandes y algo despegadas lucía unos pendientes dorados y filamentosos que alteraban la monotonía de colores oscuros y nos hablaban de una persona preocupadas por los pequeños detalles. A priori, pronunciar Frances Morris para un español parece sencillo pero ¿cómo hacerlo? Pretendes pasar desapercibido y le das una pronunciación española o te pones anglosajón y estupendo e intentas algo más british. El señor coordinador, experto en teoría del arte y cuestiones de género, optó por una pronunciación exagerada con un Francessss mariiiiis que sonó tan de imitación como la bisutería barata que compran las preadolescentes en Claire´s. No olviden que el ornamento, en según que sitios, es poco menos que un delito.

La señora Morris hablaba con tono profesoral, su relato era interesante, había riesgo en la decisión del museo de acabar con la distribución cronológica clásica y posicionamiento político en la voluntad de recuperar y poner en valor a artistas de minorías poco representadas y a mujeres artistas que seguían sin ser reconocidas por las instituciones y la historia del arte pese su calidad. En su narración se percibía cierta avidez por descubrir las nuevas Louise Bourgeois que aún pudieran estar ocultas de la misma forma que en el deporte hay una autentica fijación por dar con el nuevo Messi que se erija en rutilante mega estrella del planeta fútbol. Qué necesitados estamos de fantasías, de historias de redención y de películas con final feliz. A la realidad le sobran toneladas de datos y le falta magia.

En un momento de la conferencia, no sé si ya en el turno de preguntas, el director del IVAM se levantó con sigilo y desapareció del estrado por la puerta que tenía a su espalda. Si se hubiera llevado la butaca ni lo hubiéramos notado pero allí estaba el sillón vacío como una incógnita sin resolver. Como hemos hecho de la transparencia un reality y nos han convencido de que siempre tendremos derecho a una explicación aunque sea de mentira, en mi cabeza se dispararon las especulaciones ¿ Qué había más importante que escuchar a la directora del centro de arte más visitado del mundo en el 2007? ¿ Estaría salvando una vida, el planeta o una relación amorosa? ¿Quizás ultimando los detalles de la próxima exposición, cerrando un acuerdo de colaboración irrenunciable, atendiendo a un político acostumbrado a que le agasajen o estrechando lazos necesarios con personas que mandan mucho para situar a la institución valenciana en la Champions de los centros de arte? ¿Tenía una misión histórica que lo obligaba a ausentarse o había olvidado sacar la cena del congelador y debía avisar a su pareja para que comprara algo antes de llegar a casa? Lo mismo se estaba meando hasta el extremo de olvidarse de todo lo demás. Cuando ya nos habíamos acostumbrado a una representación con dos actores, volvió aparecer como diciendo: yo siempre estuve aquí. Entonces se sentó, apoyó su cabeza en la mano, entornó los ojos y adoptó la pose del que escucha muy concentrado. Había algo de exhibición de poder en ese abandono temporal del estrado mientras una autoridad tan importante impartía su lección .

Terminó el turno de preguntas y aplaudimos en señal de agradecimiento; nos habíamos quedamos sin saber cómo se situaba una institución como la suya ante el nuevo escenario que se dibujaba –Hay una realidad dentro del museo y otra fuera. Igual ha llegado la hora de que abramos más las ventanas para ver lo que pasa afuera, reconoció con humildad.Resultado de imagen de smiths

Inglaterra es mía y tiene la obligación de alimentarme–  cantaban The Smiths en Still ill. Miedo, sensación de perdida frente al otro, reivindicación torcida de la identidad ¿Cómo habían conseguido convencer a los perdedores de la clase obrera y de las  clases medias de provincias que la mejor alternativa a un sistema injusto era la vuelta a la pequeña nación orgullosa, xenófoba, arrogante, asustada y ensimismada con un pasado inexistente?  Qué ganas me habían entrado de hablar de todo esto con mi amigo Velasco; de la vida en el planeta Trump, de la pequeña Inglaterra y del gran Londres, del miedo al emigrante, de las amenazas del terrorismo, de los refugiados sirios, de la posibilidad de que ganara el Frente Nacional, de la arrogancia, del desamparo. – Pinta un cuadro vulgar– pedían The Smiths en su álbum de despedida y todo parecía indicar que la realidad se había puesto manos a la obra ¿Creen ustedes en el poder de las obras de artes para orientarnos en medio de una realidad que se ha puesto a centrifugar? Prestaremos atención a las rimas furiosas del grime, a los versos rasgados, bellos e insomnes de Kate Tempest, a las descripciones insobornables de Sleaford Mods, a lo que muestren los premiados con el Turner, a lo que canten los indies sinceros, a los sonidos que se bailen en los clubs y a las historias de los escritores incómodos ¿No se mueren de ganas por conocer que artistas expondrá  la Tate Modern la próxima temporada?

Marcos Rubio

Votar por la catástrofe. La América de Vilas

Manuel Vilas terminó de escribir ‘América’ un mes antes de la noche de noviembre que llevó a Donald Trump a conquistar el mayor despacho al que se puede acceder a través de la vía democrática. La victoria de Trump cogió con el pie cambiado a los analistas políticos de medio planeta pero no a Vilas, un poeta aragonés que llevaba meses desabrochando Estados Unidos con sus viajes entre aeropuertos secundarios y sus rutas interestatales en autobús: “Sí, es muy posible que al final gane Trump (…) Porque quien vota ya no es un ser humano, sino un zombi (…) porque si el pueblo judío esperaba a un Mesías, el pueblo zombi espera la llegada de un Terminator”. Cuando la noche es negra y larga, los ojos de los poetas miran mejor.

Make America great again

En un documental francés del canal Arte, uno de esos zombis de los que habla Vilas implora ante la cámara: “quiero que me devuelvan mi sueño, quiero volver a los 80 o los 90 otra vez”. El zombi conduce su pick up a través de interminables carreteras rectas a mitad de camino entre la soledad de Hopper y una secuencia de Comanchería, el western del siglo XXI dirigido por David Mackenzie y que retrata bien esa América herida por las deudas hipotecarias y la desigualdad, hasta que detiene el coche y confiesa que votará por Trump. Porque Trump también es eso, un gran ejercicio de nostalgia, la solución ridícula que tomamos –como aporrear el ordenador con el puño pensando que así funcionará- cuando todo lo demás ha fallado y estamos asustados. “El miedo nos está matando a todos”, escribe Vilas en su libro.

Vilas escapó de España, “un país donde intentar decir la verdad estaba penado con la marginación”, para instalarse en Iowa, una de esas desconocidas ciudades del Midwest, la reunión de estados que forman viejo cinturón industrial de Estados Unidos. Fue en esos estados que el poeta recorrió con un cuaderno en mano donde las promesas de Trump funcionaron como un hechizo que proporcionó al trabajador blanco una tabla a la que aferrarse en mitad del naufragio. Por fin un Terminator rubio que era capaz de plantarse delante de los empresarios del automóvil en Detroit y decirles que si continuaban fabricando sus automóviles en México, les pondría un arancel del 35% sobre la exportación. Ovación cerrada en Michigan.

Pero Vilas no quería empezar a construir su relato sobre Estados Unidos por la política y, para descifrar a esa América vencida por el miedo, se propuso centrarse en la observación de la unidad básica de vida estadounidense: la casa. La casa americana del Midwest – el equivalente yankee de la España profunda- es una mole que no forma parte de un barrio tal y como lo conocemos en Europa, sino de zonas residenciales intermitentes que tienen viviendas unidas a otras viviendas únicamente por el convencionalismo de los carteles y no por la proximidad física de sus paredes. “Puede que la razón de que haya tantos asesinatos y crímenes se deba no a que la posesión de armas sea legal, como creen muchos aquí, sino al urbanismo, a la aniquilación del concepto de ciudad”, dice Vilas. Porque en esa América, el espacio público es una quimera de la que muchos solo salen para ir al centro comercial. ¿Cómo puede entonces asustar a un votante la amenaza de que Trump les aislará del mundo si ellos ya viven aislados en sus casas?

Casas americanas en las que Vilas tiene una obsesión: el basement, esos sótanos-bodega a los que siempre baja alguien con una linterna en la mano en las películas de terror. El basement, que no puede faltar en ninguna casa del Midwest, tampoco en la de los Simpson, es un lugar que huele a humedad y óxido donde los americanos guardan lo que ya no sirve, dejan olvidados errores que no deberían volver a cometer y esconden lo que no se puede confesar. Para Vilas, todas esas plantas que el americano conserva en el subsuelo son la metáfora de un mapa subterráneo de los Estados Unidos que mucho tiene que ver con los hechos de noviembre en los que Hillary Clinton se quedó sin despacho oval: “Es muy posible que al final gane Trump porque la gente ha elegido el caos, la aniquilación, la enfermedad, el rencor, la melancolía pesada, porque los basements le están ganando la partida a Abraham Lincoln”.

Donald Trump sabía que podía conectar con ese lado oculto de muchos americanos guardan en su interior y donde el miedo al migrante, la pérdida de poder adquisitivo y el odio a las élites han jugado un papel fundamental. Por eso recorrió pequeñas poblaciones de la América rural a la que ningún candidato había viajado antes, se ganó al electorado de lugares abandonados por la deslocalización del Midwest y convenció a muchos estadounidenses de que ya no estaban solos contra el poder de Washington, que a partir de ahora podían contar con él.

Y aunque en España sea difícil comprender que un multimillonario que corona con su apellido un rascacielos de Manhattan sea el abanderado del discurso antiestablishment, cuando la élite de Nueva York, la progresía de Hollywood y los diarios más prestigiosos se posicionaron contra Trump, le echaron una gran mano para construir un discurso ganador. Porque ésa era la variable que le faltaba a sus votantes para despejar la incógnita de la ecuación electoral: cuando todo el mundo nos ha olvidado y nos desprecia, Trump, el enemigo de mis enemigos, es la mejor opción. Es un discurso sencillo que consiguió conectar a las elecciones a muchos de los que nunca se lo habían planteado – los zombis- como ese sintecho de Camden que, en la puerta de la casa de Walt Whitman, le confiesa que votará por Trump porque éste acabará con los chinos. La promesa de destruir América con su voto frente al portal del hombre que la inventó.

Hillary en cambio era puro establishment, tenía de su lado a los intelectuales y a Wall Street, había sido secretaria de Estado, es exprimera dama y lleva toda su vida relacionada de uno u otro modo con la política. No sólo era la candidata oficialista, sino que pertenece al conjunto de elementos que el americano blanco de los Apalaches cree que juegan en su contra: el poder económico y los congresistas de Washington. “A Trump no se le odia, simplemente se desprecia su visión política” pero “no se argumenta contra Hillary, simplemente se la odia”, dice Vilas después de observar una pegatina contra la candidata demócrata pegada en un coche de clase media. Y quizá esa también sea una clave: Muchos no votaron por Trump, sino contra Hillary.

Ahora que Trump ya ha llegado a la Casa blanca y sigue siendo el hombre maleducado y testarudo que se veta a los periodistas y hace comunicados oficiales a traves de Twitter,  algunos estadounidenses han empezando a arrepentirse de haber votado por él, tal y como se arrepentían los votantes que habían confiado por Charles Lindbergh en ‘La conjura contra América’, la novela profética de Philiph Roth, que medios como The New Yorker han recuperado estos días por su extraordinaria similitud con la realidad. Si Trump es capaz de remover tal y como propone el basement de la Casa Blanca, esperan años complicados que no necesariamente serán mejores para el blanco medio del Midwest. Pero a día de hoy, el reto ya no es analizar qué pudo pasar para que Trump ganara, sino qué puede hacer reaccionar a la izquierda para hacer frente al discurso xenófobo del populismo de Trump o Farage y del Frente Nacional en Francia. Porque los politólogos dicen que es improbable que Le Pen consiga hacerse con la victoria, pero Vilas escribió en su libro que “está apareciendo a nivel global una especie de voto nihilista y suicida que explica el Brexit y el no al proceso de paz en Colombia y que las encuestas no detectan, porque nadie se atreve a confesar que está votando a favor de la catástrofe”. Y yo, que miro siempre los sondeos, prefiero fiarme de los poetas.

Carlos Torres

Fotografías: Verónica Montón

El día que Moe Tucker fue a una manifestación del Tea Party

Resultado de imagen de moe tuckerLlevaba retirada de la música desde mitad de los 2000, se había instalado en Douglas,  Georgia, para cuidar de su nieto y del pequeño de sus cinco hijos. Un día de abril de 2009, Maureen Ann Tucker, jersey rojo, gafas de sol y bolso, se tomó la molestia de conducir unos cuantos kilómetros desde casa para participar en Tyfton en una de las manifestación que el Tea Party celebraba por todo el país. No tenía intención de involucrarse con ellos pero si sentía la necesidad de protestar contra la política de Obama y su deriva socialista. De joven había pasado necesidades pero era de locos pretender dar a los pobres todo lo que pedían, esa política utópica y desastrosa iba a arruinar al país y dejarlo sin un dólar para las cosas importantes.

Corría el año 1964, cuando Lou Reed, después  de trabajar como compositor un tiempo y de tocar con algunas bandas de escaso éxito, decidió montar su propio grupo junto John Cale, que había llegado a Nueva York para estudiar música clásica. Con el multinstrumentista gales en sus filas, contactó con un colega de la Universidad, Sterling Morrison, y con su vecino Lou Angus Maclise. Este último, al ver que aceptaban ser teloneros de los The Myddle Class, se despidió de inmediato acusándoles de venderse al negocio. Es entonces cuando un amigo común, Jim Tucker, el mismo que les había sugerido el nombre del grupo, se animó a recomendarles a su hermana para completar la banda: la andrógina Moe Tucker. Con ella a la batería, The Velvet Underground ya estaban preparados para hacer historia.

Fue en octubre de 2010 cuando la vinculación de Maureen con el Tea Party llegó a los principales medios de comunicación. El periódico The Guardian había descubierto un escrito personal de Tucker en la página oficial de los patriotas del Tea Party expresando su temor a que Obama pudiera destruir Estados Unidos desde dentro. En los días siguientes, una entrevista en el blog RivertFront Times le permitió defender sus puntos de vista contrarios al exceso de ayudas a los pobres, su rechazo a los préstamos baratos para ayudas al estudio, su repulsa ante la hipocresía de las regulaciones medioambientales que se llevaban el trabajo a otros países y su negativa a aceptar que la Primera Dama, o alguien del Estado, pudiera decidir por ella el azúcar, la sal o las calorías que podía ingerir. Moe Tucker encontraba los rescates con dinero de los contribuyentes inaceptables y estaba convencida de que el nefasto control de las fronteras estaba dejando inerme a los Estados Unidos. La baterista de Heroin, Venus in Furs, Sunday Morning y Femme Fatale ya no aguantaba más la dejadez y la frivolidad de la administración Obama; todo era una auténtica catástrofe.

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Los Velvet Underground empezaron a relacionarse con Andy Warhol gracias a uno de sus ayudantes, de esta forma, se convirtieron en asiduos de la Factory y en parte de esa aristocracia de la vanguardia neoyorquina que gravitaba en torno al artista de la peluca rubia y la polaroid. El artista que inmortalizó las sopas Campbell  vio algo en ellos y aceptó ser su manager y productor, Paul Morrissey, el colaborador del artista que los puso en contacto, ideó un espectáculo, Exploding Plastic Inevitable, con el que recorrieron muchas ciudades del país. Con la incorporación de la modelo Nico, impuesta por Andy, se grabó el primer disco de la banda; el mítico álbum del plátano, del que, al parecer, sólo se vendieron 30.000 copias. De ese trabajo, Brian Eno dijo una vez algo así como que si esa cantidad tan baja de ventas era cierta, todos los que compraron aquella primera edición de The Velvet Underground and Nico debían haber formado posteriormente su propio grupo de música.

En una de las entrevistas posteriores a la sacudida que supuso descubrir que la componente de un grupo tan fundamental militaba en el Tea Party, la ciudadana Tucker se mostró realmente enfadada con las reacciones brutales que la noticia había desencadenado: -“Estoy alucinada de que tanta gente que se llama liberal sea tan intolerante. Yo pensaba que liberal era amar a todo el mundo: los pobres, los inmigrantes, los discapacitados, las minorías, los perros, los gatos y todos los colores de ojos; paz y amor” y en una entrevista de 2010 en The Guardian añadía:- “ Yo nunca juzgaría a alguien por sus razones políticas”.

La vida profesional de la baterista de la Velvet se prolongó hasta los primeros 2000 tanto como música, como en labores de productora; grabó discos en solitario, colaboró con Lou Reed en el excelente New York ( 1989), con los Half Japanese, acompañó al rockero y novelista Charles Douglas y se enroló, en su última etapa en activo, con la banda de punk-rock-delta-blues Kropotkins. También participó en varios trabajos de su ex compañero John Cale e incluso, en el disco de The Reveonettes de 2005 Pretty in Black, aparece como colaboradora en los créditos.

Moe Tucker justificaba en la entrevista con el rotativo británico su tradicional voto demócrata-“(…) Para ser honesta, no prestaba atención a qué demonios estaba pasando. Mi voto demócrata era el resultado de eso (…) “– y de forma nítida y sin contradicciones dejaba clara su sintonía con los planteamientos antipolíticos del Tea Party  – “los políticos son mentirosos, vagos y tramposos(…) es necesario cambiar la administración de Obama”-. Por aquel entonces, un Donald Trump tan neoyorquino como el Walk of the Wild Side, ya había empezado a soñar con la idea imposible de pasar de estrella hiperbólica de la televisión a Comandante en Jefe y presidente de los Estados Unidos.

La vida discográfica de The Velvet Underground fue corta e intensa, entre 1966 y 1970, los neoyorquinos publicaron cuatro discos y cambiaron la historia de la música. Tras la grabación de Loaded y una residencia de varios meses en el Max Kansas City, en agosto de 1970, un Lou Reed  cansado de esperar el éxito dejó la banda. La historia de la globalización también ha sido corta e intensa como un terremoto; menos de tres décadas de centrifugado han bastado para pulverizar realidades que creíamos sólidas y certezas que creíamos inalterables. Desregulaciones. Deslocalizaciones industriales. Robotización. Nueva división internacional del trabajo a nivel global. Obreros que compiten con otros situados a miles de kilómetros o con los recién llegados que escaparon de la miseria. Salarios que caen en picado como la consideración social. Desempleo. Perspectivas de futuro que se agrietan en los sectores productivos tradicionales mientras otras actividades económicas disparan su atractivo y sus perspectivas de beneficio. Áreas que se oxidan, se degradan en su crisis sin solución y  ciudades que se hacen globales, que se gentrifican, que se vuelven irresistibles y cool. Las revistas de tendencias y los magazines de los periódicos mandan a sus mejores fotógrafos para celebrar esos barrios atractivos y solo se acuerdan de las regiones en declive cuando hay alguna historia escandalosa o truculenta que contar.

Es inútil imaginar como podría haber evolucionado la música popular sin ese trabajo esencial publicado hace medio siglo, el 12 de marzo de 1967. Sin el disco del plátano no habríamos tenido Creation Records, ni Postcards Records, ni las bandas de nueva psicodelia del Liverpool de los primeros ochenta, ni las del     C- 86,  ni los Shoegazers con su ruido blanco, ni el Rock alternativo, ni el Post Rock, ni Sonic Youth, ni Yo La Tengo, ni Los Planetas, ni siquiera Le Mans, ni  otros muchos grupos  del primer indie español. De no haberse publicado nunca  The Velvet Underground and Nico todo un universo de propuestas, movimientos, etiquetas y escenas locales habrían discurrido por caminos estéticos muy distintos.

Hace mucho tiempo que en la geografía de la desindustrialización el aire turbio huele a alcohol y a resignación, hay miedo a perder el empleo, a que sigan bajando los sueldos, a perder posiciones en la escala social, a que lleguen inmigrantes al barrio y lo jodan todo, al ISIS y al terrorismo internacional. Se sienten olvidados, maltratados, ninguneados. En los últimos tiempos, en la gran ciudad, los barrios de moda se han llenado de bicicletas recicladas, de comida orgánica, de barbas de leñador y bigotes rococó, de cosmopolitismo cultural y de tecnología de última generación. Cafés hípsters, música independiente, electrónica suave, respeto a las minorías, marcas caras y conciencia medioambiental. En las comunidades en declive, en los barrios degradados, en los pueblos siempre grises, en los nuevos Detroit, comida basura, drogas baratas, miedo al futuro, mucho cabreo, inflación de resentimientos, anhelos de una nación perdida y de un pasado feliz, montañas de rebozados y bollería industrial, excesivo consumo de alcohol, ingesta irreflexiva de religiones redentoras y sobredosis tóxica  de mensajes ultra. Los embarazos no deseados crecen, la obesidad es ya una plaga, la esperanza de vida retrocede y las biografías se erosionan con la precariedad.

Ahora que Donald Trump es presidente de los Estados Unidos y Reino Unido se prepara para activar el artículo 50 y dejar la Unión Europea deberíamos aceptar que hemos entrado en los tiempos de la post sorpresa; ya no vale fingir que no pasa nada en esas zonas obreras que cambiaron su voto de izquierdas por el Frente Nacional, se unieron al Tea Party o decidieron que Europa era el problema y UKIP la solución. El día que MoeTucker, baterista de uno de los grupos más importantes de la música popular, cogió su coche para unirse a aquella concentración del Tea Party, estaba claro que algo llevaba tiempo funcionando mal. Cada vez se ve más clara la disyuntiva: o conseguimos reformular la globalización, reducir las desigualdades, las injusticias, el deterioro ecológico; o damos con un capitalismo más inclusivo o esta broma aún podría tener muchísima menos gracia. Hay que pelear y recuperar el terreno perdido con convicción si queremos que las fiestas del futuro, esas All Tomorrow´s Parties a las que cantaban The Velvet Underground sean un lugar agradable para vivir. Toca ponerse a trabajar; aún estamos a tiempo, pero vamos perdiendo.

Marcos Rubio