Votar por la catástrofe. La América de Vilas

Manuel Vilas terminó de escribir ‘América’ un mes antes de la noche de noviembre que llevó a Donald Trump a conquistar el mayor despacho al que se puede acceder a través de la vía democrática. La victoria de Trump cogió con el pie cambiado a los analistas políticos de medio planeta pero no a Vilas, un poeta aragonés que llevaba meses desabrochando Estados Unidos con sus viajes entre aeropuertos secundarios y sus rutas interestatales en autobús: “Sí, es muy posible que al final gane Trump (…) Porque quien vota ya no es un ser humano, sino un zombi (…) porque si el pueblo judío esperaba a un Mesías, el pueblo zombi espera la llegada de un Terminator”. Cuando la noche es negra y larga, los ojos de los poetas miran mejor.

Make America great again

En un documental francés del canal Arte, uno de esos zombis de los que habla Vilas implora ante la cámara: “quiero que me devuelvan mi sueño, quiero volver a los 80 o los 90 otra vez”. El zombi conduce su pick up a través de interminables carreteras rectas a mitad de camino entre la soledad de Hopper y una secuencia de Comanchería, el western del siglo XXI dirigido por David Mackenzie y que retrata bien esa América herida por las deudas hipotecarias y la desigualdad, hasta que detiene el coche y confiesa que votará por Trump. Porque Trump también es eso, un gran ejercicio de nostalgia, la solución ridícula que tomamos –como aporrear el ordenador con el puño pensando que así funcionará- cuando todo lo demás ha fallado y estamos asustados. “El miedo nos está matando a todos”, escribe Vilas en su libro.

Vilas escapó de España, “un país donde intentar decir la verdad estaba penado con la marginación”, para instalarse en Iowa, una de esas desconocidas ciudades del Midwest, la reunión de estados que forman viejo cinturón industrial de Estados Unidos. Fue en esos estados que el poeta recorrió con un cuaderno en mano donde las promesas de Trump funcionaron como un hechizo que proporcionó al trabajador blanco una tabla a la que aferrarse en mitad del naufragio. Por fin un Terminator rubio que era capaz de plantarse delante de los empresarios del automóvil en Detroit y decirles que si continuaban fabricando sus automóviles en México, les pondría un arancel del 35% sobre la exportación. Ovación cerrada en Michigan.

Pero Vilas no quería empezar a construir su relato sobre Estados Unidos por la política y, para descifrar a esa América vencida por el miedo, se propuso centrarse en la observación de la unidad básica de vida estadounidense: la casa. La casa americana del Midwest – el equivalente yankee de la España profunda- es una mole que no forma parte de un barrio tal y como lo conocemos en Europa, sino de zonas residenciales intermitentes que tienen viviendas unidas a otras viviendas únicamente por el convencionalismo de los carteles y no por la proximidad física de sus paredes. “Puede que la razón de que haya tantos asesinatos y crímenes se deba no a que la posesión de armas sea legal, como creen muchos aquí, sino al urbanismo, a la aniquilación del concepto de ciudad”, dice Vilas. Porque en esa América, el espacio público es una quimera de la que muchos solo salen para ir al centro comercial. ¿Cómo puede entonces asustar a un votante la amenaza de que Trump les aislará del mundo si ellos ya viven aislados en sus casas?

Casas americanas en las que Vilas tiene una obsesión: el basement, esos sótanos-bodega a los que siempre baja alguien con una linterna en la mano en las películas de terror. El basement, que no puede faltar en ninguna casa del Midwest, tampoco en la de los Simpson, es un lugar que huele a humedad y óxido donde los americanos guardan lo que ya no sirve, dejan olvidados errores que no deberían volver a cometer y esconden lo que no se puede confesar. Para Vilas, todas esas plantas que el americano conserva en el subsuelo son la metáfora de un mapa subterráneo de los Estados Unidos que mucho tiene que ver con los hechos de noviembre en los que Hillary Clinton se quedó sin despacho oval: “Es muy posible que al final gane Trump porque la gente ha elegido el caos, la aniquilación, la enfermedad, el rencor, la melancolía pesada, porque los basements le están ganando la partida a Abraham Lincoln”.

Donald Trump sabía que podía conectar con ese lado oculto de muchos americanos guardan en su interior y donde el miedo al migrante, la pérdida de poder adquisitivo y el odio a las élites han jugado un papel fundamental. Por eso recorrió pequeñas poblaciones de la América rural a la que ningún candidato había viajado antes, se ganó al electorado de lugares abandonados por la deslocalización del Midwest y convenció a muchos estadounidenses de que ya no estaban solos contra el poder de Washington, que a partir de ahora podían contar con él.

Y aunque en España sea difícil comprender que un multimillonario que corona con su apellido un rascacielos de Manhattan sea el abanderado del discurso antiestablishment, cuando la élite de Nueva York, la progresía de Hollywood y los diarios más prestigiosos se posicionaron contra Trump, le echaron una gran mano para construir un discurso ganador. Porque ésa era la variable que le faltaba a sus votantes para despejar la incógnita de la ecuación electoral: cuando todo el mundo nos ha olvidado y nos desprecia, Trump, el enemigo de mis enemigos, es la mejor opción. Es un discurso sencillo que consiguió conectar a las elecciones a muchos de los que nunca se lo habían planteado – los zombis- como ese sintecho de Camden que, en la puerta de la casa de Walt Whitman, le confiesa que votará por Trump porque éste acabará con los chinos. La promesa de destruir América con su voto frente al portal del hombre que la inventó.

Hillary en cambio era puro establishment, tenía de su lado a los intelectuales y a Wall Street, había sido secretaria de Estado, es exprimera dama y lleva toda su vida relacionada de uno u otro modo con la política. No sólo era la candidata oficialista, sino que pertenece al conjunto de elementos que el americano blanco de los Apalaches cree que juegan en su contra: el poder económico y los congresistas de Washington. “A Trump no se le odia, simplemente se desprecia su visión política” pero “no se argumenta contra Hillary, simplemente se la odia”, dice Vilas después de observar una pegatina contra la candidata demócrata pegada en un coche de clase media. Y quizá esa también sea una clave: Muchos no votaron por Trump, sino contra Hillary.

Ahora que Trump ya ha llegado a la Casa blanca y sigue siendo el hombre maleducado y testarudo que se veta a los periodistas y hace comunicados oficiales a traves de Twitter,  algunos estadounidenses han empezando a arrepentirse de haber votado por él, tal y como se arrepentían los votantes que habían confiado por Charles Lindbergh en ‘La conjura contra América’, la novela profética de Philiph Roth, que medios como The New Yorker han recuperado estos días por su extraordinaria similitud con la realidad. Si Trump es capaz de remover tal y como propone el basement de la Casa Blanca, esperan años complicados que no necesariamente serán mejores para el blanco medio del Midwest. Pero a día de hoy, el reto ya no es analizar qué pudo pasar para que Trump ganara, sino qué puede hacer reaccionar a la izquierda para hacer frente al discurso xenófobo del populismo de Trump o Farage y del Frente Nacional en Francia. Porque los politólogos dicen que es improbable que Le Pen consiga hacerse con la victoria, pero Vilas escribió en su libro que “está apareciendo a nivel global una especie de voto nihilista y suicida que explica el Brexit y el no al proceso de paz en Colombia y que las encuestas no detectan, porque nadie se atreve a confesar que está votando a favor de la catástrofe”. Y yo, que miro siempre los sondeos, prefiero fiarme de los poetas.

Carlos Torres

Fotografías: Verónica Montón

El día que Moe Tucker fue a una manifestación del Tea Party

Resultado de imagen de moe tuckerLlevaba retirada de la música desde mitad de los 2000, se había instalado en Douglas,  Georgia, para cuidar de su nieto y del pequeño de sus cinco hijos. Un día de abril de 2009, Maureen Ann Tucker, jersey rojo, gafas de sol y bolso, se tomó la molestia de conducir unos cuantos kilómetros desde casa para participar en Tyfton en una de las manifestación que el Tea Party celebraba por todo el país. No tenía intención de involucrarse con ellos pero si sentía la necesidad de protestar contra la política de Obama y su deriva socialista. De joven había pasado necesidades pero era de locos pretender dar a los pobres todo lo que pedían, esa política utópica y desastrosa iba a arruinar al país y dejarlo sin un dólar para las cosas importantes.

Corría el año 1964, cuando Lou Reed, después  de trabajar como compositor un tiempo y de tocar con algunas bandas de escaso éxito, decidió montar su propio grupo junto John Cale, que había llegado a Nueva York para estudiar música clásica. Con el multinstrumentista gales en sus filas, contactó con un colega de la Universidad, Sterling Morrison, y con su vecino Lou Angus Maclise. Este último, al ver que aceptaban ser teloneros de los The Myddle Class, se despidió de inmediato acusándoles de venderse al negocio. Es entonces cuando un amigo común, Jim Tucker, el mismo que les había sugerido el nombre del grupo, se animó a recomendarles a su hermana para completar la banda: la andrógina Moe Tucker. Con ella a la batería, The Velvet Underground ya estaban preparados para hacer historia.

Fue en octubre de 2010 cuando la vinculación de Maureen con el Tea Party llegó a los principales medios de comunicación. El periódico The Guardian había descubierto un escrito personal de Tucker en la página oficial de los patriotas del Tea Party expresando su temor a que Obama pudiera destruir Estados Unidos desde dentro. En los días siguientes, una entrevista en el blog RivertFront Times le permitió defender sus puntos de vista contrarios al exceso de ayudas a los pobres, su rechazo a los préstamos baratos para ayudas al estudio, su repulsa ante la hipocresía de las regulaciones medioambientales que se llevaban el trabajo a otros países y su negativa a aceptar que la Primera Dama, o alguien del Estado, pudiera decidir por ella el azúcar, la sal o las calorías que podía ingerir. Moe Tucker encontraba los rescates con dinero de los contribuyentes inaceptables y estaba convencida de que el nefasto control de las fronteras estaba dejando inerme a los Estados Unidos. La baterista de Heroin, Venus in Furs, Sunday Morning y Femme Fatale ya no aguantaba más la dejadez y la frivolidad de la administración Obama; todo era una auténtica catástrofe.

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Los Velvet Underground empezaron a relacionarse con Andy Warhol gracias a uno de sus ayudantes, de esta forma, se convirtieron en asiduos de la Factory y en parte de esa aristocracia de la vanguardia neoyorquina que gravitaba en torno al artista de la peluca rubia y la polaroid. El artista que inmortalizó las sopas Campbell  vio algo en ellos y aceptó ser su manager y productor, Paul Morrissey, el colaborador del artista que los puso en contacto, ideó un espectáculo, Exploding Plastic Inevitable, con el que recorrieron muchas ciudades del país. Con la incorporación de la modelo Nico, impuesta por Andy, se grabó el primer disco de la banda; el mítico álbum del plátano, del que, al parecer, sólo se vendieron 30.000 copias. De ese trabajo, Brian Eno dijo una vez algo así como que si esa cantidad tan baja de ventas era cierta, todos los que compraron aquella primera edición de The Velvet Underground and Nico debían haber formado posteriormente su propio grupo de música.

En una de las entrevistas posteriores a la sacudida que supuso descubrir que la componente de un grupo tan fundamental militaba en el Tea Party, la ciudadana Tucker se mostró realmente enfadada con las reacciones brutales que la noticia había desencadenado: -“Estoy alucinada de que tanta gente que se llama liberal sea tan intolerante. Yo pensaba que liberal era amar a todo el mundo: los pobres, los inmigrantes, los discapacitados, las minorías, los perros, los gatos y todos los colores de ojos; paz y amor” y en una entrevista de 2010 en The Guardian añadía:- “ Yo nunca juzgaría a alguien por sus razones políticas”.

La vida profesional de la baterista de la Velvet se prolongó hasta los primeros 2000 tanto como música, como en labores de productora; grabó discos en solitario, colaboró con Lou Reed en el excelente New York ( 1989), con los Half Japanese, acompañó al rockero y novelista Charles Douglas y se enroló, en su última etapa en activo, con la banda de punk-rock-delta-blues Kropotkins. También participó en varios trabajos de su ex compañero John Cale e incluso, en el disco de The Reveonettes de 2005 Pretty in Black, aparece como colaboradora en los créditos.

Moe Tucker justificaba en la entrevista con el rotativo británico su tradicional voto demócrata-“(…) Para ser honesta, no prestaba atención a qué demonios estaba pasando. Mi voto demócrata era el resultado de eso (…) “– y de forma nítida y sin contradicciones dejaba clara su sintonía con los planteamientos antipolíticos del Tea Party  – “los políticos son mentirosos, vagos y tramposos(…) es necesario cambiar la administración de Obama”-. Por aquel entonces, un Donald Trump tan neoyorquino como el Walk of the Wild Side, ya había empezado a soñar con la idea imposible de pasar de estrella hiperbólica de la televisión a Comandante en Jefe y presidente de los Estados Unidos.

La vida discográfica de The Velvet Underground fue corta e intensa, entre 1966 y 1970, los neoyorquinos publicaron cuatro discos y cambiaron la historia de la música. Tras la grabación de Loaded y una residencia de varios meses en el Max Kansas City, en agosto de 1970, un Lou Reed  cansado de esperar el éxito dejó la banda. La historia de la globalización también ha sido corta e intensa como un terremoto; menos de tres décadas de centrifugado han bastado para pulverizar realidades que creíamos sólidas y certezas que creíamos inalterables. Desregulaciones. Deslocalizaciones industriales. Robotización. Nueva división internacional del trabajo a nivel global. Obreros que compiten con otros situados a miles de kilómetros o con los recién llegados que escaparon de la miseria. Salarios que caen en picado como la consideración social. Desempleo. Perspectivas de futuro que se agrietan en los sectores productivos tradicionales mientras otras actividades económicas disparan su atractivo y sus perspectivas de beneficio. Áreas que se oxidan, se degradan en su crisis sin solución y  ciudades que se hacen globales, que se gentrifican, que se vuelven irresistibles y cool. Las revistas de tendencias y los magazines de los periódicos mandan a sus mejores fotógrafos para celebrar esos barrios atractivos y solo se acuerdan de las regiones en declive cuando hay alguna historia escandalosa o truculenta que contar.

Es inútil imaginar como podría haber evolucionado la música popular sin ese trabajo esencial publicado hace medio siglo, el 12 de marzo de 1967. Sin el disco del plátano no habríamos tenido Creation Records, ni Postcards Records, ni las bandas de nueva psicodelia del Liverpool de los primeros ochenta, ni las del     C- 86,  ni los Shoegazers con su ruido blanco, ni el Rock alternativo, ni el Post Rock, ni Sonic Youth, ni Yo La Tengo, ni Los Planetas, ni siquiera Le Mans, ni  otros muchos grupos  del primer indie español. De no haberse publicado nunca  The Velvet Underground and Nico todo un universo de propuestas, movimientos, etiquetas y escenas locales habrían discurrido por caminos estéticos muy distintos.

Hace mucho tiempo que en la geografía de la desindustrialización el aire turbio huele a alcohol y a resignación, hay miedo a perder el empleo, a que sigan bajando los sueldos, a perder posiciones en la escala social, a que lleguen inmigrantes al barrio y lo jodan todo, al ISIS y al terrorismo internacional. Se sienten olvidados, maltratados, ninguneados. En los últimos tiempos, en la gran ciudad, los barrios de moda se han llenado de bicicletas recicladas, de comida orgánica, de barbas de leñador y bigotes rococó, de cosmopolitismo cultural y de tecnología de última generación. Cafés hípsters, música independiente, electrónica suave, respeto a las minorías, marcas caras y conciencia medioambiental. En las comunidades en declive, en los barrios degradados, en los pueblos siempre grises, en los nuevos Detroit, comida basura, drogas baratas, miedo al futuro, mucho cabreo, inflación de resentimientos, anhelos de una nación perdida y de un pasado feliz, montañas de rebozados y bollería industrial, excesivo consumo de alcohol, ingesta irreflexiva de religiones redentoras y sobredosis tóxica  de mensajes ultra. Los embarazos no deseados crecen, la obesidad es ya una plaga, la esperanza de vida retrocede y las biografías se erosionan con la precariedad.

Ahora que Donald Trump es presidente de los Estados Unidos y Reino Unido se prepara para activar el artículo 50 y dejar la Unión Europea deberíamos aceptar que hemos entrado en los tiempos de la post sorpresa; ya no vale fingir que no pasa nada en esas zonas obreras que cambiaron su voto de izquierdas por el Frente Nacional, se unieron al Tea Party o decidieron que Europa era el problema y UKIP la solución. El día que MoeTucker, baterista de uno de los grupos más importantes de la música popular, cogió su coche para unirse a aquella concentración del Tea Party, estaba claro que algo llevaba tiempo funcionando mal. Cada vez se ve más clara la disyuntiva: o conseguimos reformular la globalización, reducir las desigualdades, las injusticias, el deterioro ecológico; o damos con un capitalismo más inclusivo o esta broma aún podría tener muchísima menos gracia. Hay que pelear y recuperar el terreno perdido con convicción si queremos que las fiestas del futuro, esas All Tomorrow´s Parties a las que cantaban The Velvet Underground sean un lugar agradable para vivir. Toca ponerse a trabajar; aún estamos a tiempo, pero vamos perdiendo.

Marcos Rubio