BARC€LONA, un paseo con Suketu Mehta (I)

 

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Texto y Fotos: Carlos Torres

I

A veces pongo el filtro en más de mil quinientos euros y paso días enteros mirando los pisos de la web de Idealista. Me gusta vivir la ensoñación de esas casas, dormir en esas camas, bañarme en esos baños, beber ese vino prohibitivo que debe saciar la sed de éxito y disfrutar del orgasmo de tener una terraza con esas vistas. Lo dice Suketu Mehta en ‘La vida secreta de las ciudades’: “Algunas de las ficciones más elaboradas de la ciudad no se esconden en la obra de los novelistas, sino en los folletos de las inmobiliarias y en los planos urbanos. Constituyen una ficción, una idea del futuro”.

Pero cuando llegué a Barcelona en 2011 el futuro parecía un proceso más sano. O tal vez no, porque la ciudad se movía en la contradicción del mayo indignado de Plaza Cataluña por las mañanas y la salvaje inflación del Primavera Sound por las noches. Desde entonces me he mudado más de seis veces. En El día del Watusi, los personajes de Casavella enfilaban Montjuic abajo con su maleta de cartón para instalarse en la estepa unificadora del Eixample. Hoy los descastados que vivimos en Barcelona tenemos que volver a mudarnos porque la fuerza centrífuga del turismo nos expulsa a nuevas montañas del extrarradio. De vivir, Casavella hoy debería añadir varias páginas a la derrota de sus protagonistas. Y ahora que ya han probado lo que era habitar entre esos héroes mortales a los que el barro nunca les salpica, todo es más decepcionante. “Cuidado con el pasado (…) es un lugar peligroso, pues es donde reside el hogar”, dice Mehta al apuntar su teoría de que cada ciudad tiene su propia tristeza. La de Barcelona se parece a la de Venecia. Es la tristeza del triunfo.

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II

En un bar de Sant Feliu de Llobregat, a escasos doscientos metros del pabellón deportivo Juan Carlos Navarro, héroe del mestizaje local, desayuna un butanero. El calor del trabajo le deja al descubierto un tatuaje del CE Sabadell en un tobillo y el emblema de las SS en la rodilla. En todos los años que he vivido aquí sólo he visto butaneros pakistaníes que te despiertan los sábados a golpes de martillo en las bombonas. Imagino que los turnos del tipo que desayuna en la barra con sus compañeros serán muy explosivos. Hombre come hombre, mientras los especuladores cobran por el cubierto.

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III

Un paquete de chicles en Francesc Macià cuesta un euro, en Travessera de Gràcia 95 céntimos y en Pi i Margall 85, Barcelona es una ciudad donde hasta el precio de la goma de mascar es elástico.

Cuenta Suketu Mehta que el éxito de ciudades como Nueva York reside en que fueron capaces de cambiar su relato en algún punto de la historia. En Manhattan revirtieron el aura de ciudad insegura de los setenta al proyectar sobre Europa su imagen de ciudad cosmopolita y cinematográfica. En la Gran Vía de Las Cortes Catalanas las banderas de las farolas recuerdan que este verano se cumplirán veinticinco años de los Juegos Olímpicos.

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IV

A juzgar por lo que veo en Airbnb, medio barrio del Raval se cae mientras el otro medio se levanta más de 120 euros por noche.

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V

Hace cuatro años vivíamos quinientos metros más cerca del centro y conté esta historia: “En una calle de Gràcia hace años que hay un descampado vacío; un nido de maleza que emerge como frontera de mala hierba al urbanismo de los años treinta y cuarenta. Quién sabe cuánto se pudo pedir por él en los años de bonanza; millones y millones por un puñado de metros edificables en el corazón de Barcelona en la era dorada de la burbuja. Sin embargo, aunque caro, el solar no está en primera línea de turista, esa que transitan los visitantes ex soviéticos que vienen a dejar sus ahorros en las tiendas del Paseo de Gràcia. La misma que el Ajuntament utiliza para promocionar a bombo y platillo sus atractivos: el último musical, la nueva exposición, la próxima candidatura de Juegos Olímpicos de invierno… “Barcelona, posa’t guapa”, dicen desde hace casi treinta años las lonas que cubren los edificios en rehabilitación que se inyectan el bótox de las reformas para que los japoneses puedan disparar mejores fotos. Raramente se cruzan esos asiáticos en sus rutas de cine con la otra inmigración: subsaharianos, rumanos o magrebíes, que empujan carros de la compra donde cargan los despojos metálicos de los que la sociedad de consumo se deshace. O en el mejor de los casos, si esos dos mundos convergen en algún punto de su estancia en la capital catalana, los señores que empujan carritos se convierten en una atracción más que plasmar en Instagram de esta ciudad abierta veinticuatro horas al turista.  Son los habitantes de esa Barcelona dura y abigarrada de la que nada se escribe en la Lonely Planet y a la que el ayuntamiento no dedica demasiados esfuerzos en su lavado de cara.

En Gràcia, uno de esos extranjeros que rebusca en los contenedores de la esquina, ha conquistado el solar que lleva años vacío. Es solo un terruño que mella la silueta de la ciudad, un paisaje abandonado en el que ahora crecen dos chabolas como un erupción cutánea en la clase media que le rodea; se supone que pronto el ayuntamiento reparará en ello, como aquellas partes de nuestro cuerpo que olvidamos hasta que un mosquito nos pica. Mientras tanto, los vecinos los ven entrar y salir para descargar su carro lleno de ferralla, cada vez más escasa, cada vez más disputada. Al principio la protovivienda no disponía de mucho más que un par de colchones, una cacerola en la que calentar agua con una resistencia eléctrica y montones de ropa pasada de moda que han ido rescatando de la calle. Pero el invierno se acerca también para los pobres, y todo aquel que viva en los edificios contiguos puede ver como en los últimos días los colonos han llevado hasta su solar nuevas adquisiciones para mejorar su casa. Telas metálicas y sacos azules de rafia que, como si de un Ikea de la calle se tratase, intentarán hacer frente al frío y a la lluvia que está por venir este otoño.

El casting para la techumbre habrá sido duro estas semanas: plásticos, maderas y telas descansan en un rincón del descampado.  Sin embargo, ayer, una vecina que se asomó a su terraza después de tender la ropa pudo ver sorprendida como por fin los inmigrantes han encontrado una lona que sellará su techo de las goteras. Desde el quinto piso claramente se lee: Barcelona, posa’t guapa”. Como vivo en la misma calle pero en otro barrio que no queda lejos, a veces todavía paso por la puerta de mi antigua casa. Los chatarreros fueron desalojados poco tiempo después de escribir la columna y en menos de dos años las hormigas de la construcción levantaron un edificio de lujo con todos sus acabados. Muchos pisos ya están habitados. He encontrado unas fotos del interior de uno de ellos en el Idealista. 640.000 euros la vivienda. Y ni siquiera tienen vistas.

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VI

A veces una charanga compuesta por valencianos sale a la calle a montar juerga. Cuando la escucho vuelvo al pueblo. Me gusta pensar que las cosas allí son igual que cuando me marché. Pero las ciudades, también los pueblos, se desordenan cuando no estamos. Dice Mehta que la música es la forma más barata de teletransporte. Aunque no dice que a veces el viaje sólo conduce a la nostalgia y que la nostalgia es un laberinto.

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VII

Hace tres años tuve un pequeño problema de corazón y me ingresaron en Vall d’Hebron para operarme. En cuanto se enteraron, mis padres cogieron un tren a Barcelona para acompañarme en la espera y hacerme los días de hospital más llevaderos. Esa semana se celebraba en Barcelona el Mobile World Congress, cumbre mundial de la tecnología telefónica y evento estrella para el ayuntamiento, así que la ciudad se llenó de ingenieros de telecomunicaciones, furgonetas con cristales tintados, prensa especializada siempre dispuesta rapiñar un USB-llavero y tipos fornidos que repartían folletos de casas de citas en las puertas de las estaciones de metro. Como yo por entonces vivía en un piso compartido y no tenía dónde alojarlos, mis padres se pusieron a buscar de urgencia un hotel donde poder dormir hasta que me operasen. Del disgusto de ver los precios, a punto estuvieron ellos de necesitar otra operación. La burbuja del turismo ‘de calidad’ estaba disparada y les pedían por una noche en un hotelucho más de lo que mis tres compañeros y yo pagábamos por mes en Gràcia. Al final, después de mucho buscar, acabaron durmiendo en una pensión -a más de quince kilómetros del hospital- donde el precio era un poco más asequible pero también disparatado. Más o menos así así fue como mi operación de corazón acabó costándoles a mis padres un riñón.

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VIII

Los miembros de una plataforma ciudadana vinculada a un partido reparten rosas junto a un folleto. Me pregunto qué tardará más en marchitar, si las promesas o las flores.

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IX

En esta ciudad el tiempo es un serrucho. También para los surfistas de la Barceloneta, que todas las tardes cabalgan sus decepciones de medio palmo en sus tablas de madera. Hoy los veo correr paseo abajo en el único día viento de todo el mes. Cuando quieran llegar a la playa o el mar habrá vuelto a la normalidad o alguien les querrá cobrar por usarlo.

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