Crónicas Sísmicas

No hace ni dos semanas que la panza del avión viró hacia Ciudad de México y una constelación de luces apareció bajo nuestros pies. Arriba la oscuridad y abajo una interminable sucesión de mínusculas estrellas. Estábamos a punto de aterrizar en el universo desordenado del DF y nunca nos habíamos sentido tan pequeños como sobrevolando esta nación sísmica. Barcelona -todos nuestros amigos y nuestros bares- podría caber sin estrecheces en un barrio de esta ciudad. Pero atrás quedan las comparaciones sobre lo conocido, porque México es ese gran temblor entre Estados Unidos y el resto de América al que nos hemos mudado a vivir.

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I

El lunes conocí a un hombre que después de setenta años se reencontró por casualidad con la enfermera con la que perdió la virginidad. Él tiene ochenta y cinco años y ella noventa y dos. Se conocieron en una alberca de Acapulco. Juntos pasaron la polio que él contrajo en la capital cuando era adolescente. Su padre alquiló una casa en la costa y puso todos los medios a su alcance para que el hijo pudiera salir adelante. Ella participaba en la terapia de rehabilitación y él se sentía menos rígido cuando lo lanzaban a la piscina y se ponía a nadar. Una siesta de aquel verano ella se metió en su cama y aprovechó para curarle de paso la enfermedad de la pubertad. Desde aquel día, él se ha preguntado muchas veces si aquella tarde también formaba parte de su recuperación pero nunca ha sabido responderse porque al tiempo se casó y se marchó de México donde no volvió a residir hasta cuarenta años después.

Hace unas semanas sus sobrinas hablaban de la familia en una sala de espera cuando una anciana les sorprendió. Quiero ver a vuestro tío, les dijo. El hombre me contó que cuando volvieron a verse después de tanto tiempo se echaron a reír. Hoy dice el periódico que en Acapulco dos hombres armados han sembrado el pánico a tiros por el paseo marítimo. El hombre comenta la noticia y tuerce el gesto. México ha cambiado mucho desde su primer encuentro. Por suerte ella lo sigue llamando mi bebé, como si Florentino Ariza y Fermina Daza hubieran nacido a la vuelta de la esquina, en una colonia del DF.

A veces el tiempo es un abrazo que empieza y acaba en el mismo sitio.

II
Hay una pequeña plaza que hace esquina entre el circuito interior y la calle Patriotismo donde los bustos oxidados de un puñado de ilustres compositores mexicanos ven pasar los coches que viene del sur. Cada mañana pasamos por allí camino de San Miguel de Chapultepec y cada mañana nos encontramos con el mismo policía de tráfico que sestea apoyado entre el busto con busto prominente de Consuelo Velázquez y el perfil serio de Ricardo López Méndez, “El Vate”. Quizá las difuntas viejas glorias mexicanas necesiten de alguien que regule el paso del tiempo por sus estatuas y el policía durmiente sólo cumpla con su parte del trabajo.

Muchas veces pienso en sacarle una foto, pero luego me imagino esposado en un coche patrulla de la división de tránsito y se me pasan todos los impulsos de hacer clic. De todos modos, hoy hubiera sido un buen momento para hacerlo de no ser porque el huracán Franklin tocó la costa de México anoche y nos hemos levantado en una ciudad que se escurre por sus grietas. Por primera vez en mucho tiempo hemos pasado por la plaza de los compositores y no había rastro del policía. Esta mañana, José Alfredo Jiménez goteaba un corrido solitario en el parque y  hubiera sido bonito poder empaparse juntos con la cultura mexicana.

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III

Chevo y Javier son los hombres que vigilan la puerta de nuestra finca. Van uniformados con traje de chaqueta y corbata pero son ellos los que me llaman patrón a mí. Javier es alto, tiene el pelo blanco echado para atrás y es muy hablador. Chevo es chaparro, entrado en carnes, le sale vello negro por todos los orificios y apuntala con sus silencios cualquier conversación. Javier me recomienda lugares en los que comer cada vez que salgo por la puerta y Chevo asiente hasta que en un aparte me dice que no puedo irme de México sin probar el mole poblano de su mujer. Salga a la hora que salga siempre están en la puerta con un walkie en la mano para que los vecinos que vivimos aquí podamos sentirnos más seguros.

Chevo me contó que hace dos horas de trayecto para llegar hasta la Condesa y cuando por fin llega, le espera una jornada de setenta y dos horas seguidas sin dormir. Algunos utilizan mezclas más fuertes, nos dice guiñando el ojo, pero él aguanta a base de una mezcla de Nescafé con infusión de Coca que de solo olerla le hace revivir.

Ayer me enteré de que a Chevo lo han desplazado a otro lugar por ‘mugroso’ según Javier. Cuando ve nuestra cara de asombro se apresura en decir que es una broma de las suyas. Si quiere cuando se vaya su señora a trabajar le acompaño a las ladys, me dice. Le digo a Javier que no hará falta, pero yo ya sólo pienso en lo lejos que queda ya ese mole poblano que Chevo nos prometió.

IV
El domingo quedamos en Reforma y fuimos caminando a Polanco. Polanco es la matriuska más pequeña de la argamasa social del DF. Un planeta extraterrestre y millonario contenido dentro de una ciudad inmensa y desigual. A Polanco se llega bordeando el bosque de Chapultepec por amplias calles de acera regular y asfalto en buen estado. Además de ser una meca para los expatriados que pronuncian la zeta a la manera ibérica, el hombre que nos ayuda a buscar piso me cuenta que este es el “lugar de gente nice” y en el que más impuestos se pagan de toda Ciudad de México. Paseamos de arriba a bajo por Mazarik, la avenida llena de restaurantes españoles, concesionarios de alta gama y sucursales bancarias para fondos de inversión. No hay mucha diferencia entre circular por estas calles y hacerlo por cualquier barrio de clase alta de Barcelona, Madrid o Nueva York. A veces parece que la gente pudiente sólo pudiera vivir en macetas llenas de tierra que trasplantan de continente en continente allá a donde van.

 

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V

Estoy sentado en El Péndulo, un café librería de Álvaro Obregón. Frente a mí, un señor con ojeras de besugo adiestra a una candidata preocupada por el trasvase de votos del Movimiento Ciudadano a Morena en su delegación. El PRI no sube, le escucho decir mientras toman agua mineral, café y una ensalada de cifras y siglas que me da acidez sólo de escuchar. Quisiera apuntarlo todo pero he olvidado mi bolígrafo en casa y al preguntar cuanto me cobrarían aquí por uno la dependienta me ha dicho que 90 pesos por el más económico. Digo que no y me siento de nuevo, me niego no porque ya controle bien la cuota de cambio del euro a la moneda mexicana, pero acabo de comer en una fonda por ese precio y entiendo que no es bueno pagar por tinta más que por un menú de dos platos y cerveza. A mi izquierda una chica busca información sobre el museo de Frida Khalo y a la derecha tres chicos que parecen tener mi edad discuten, güey, sobre los costos de producción, güey, del departamento de ventas de su empresa, güey. Por más güey que usen la gente que trabaja con números siempre parece mayor. Cuando vuelvo a la mesa del besugo y la candidata, ella dice letra por letra que ‘la literatura es algo maravilloso’. No sé qué clase de piruetas ha dado la tarde para que lleguen a esa conclusión pero me preocupa que el hombre ojeroso asienta porque, no es que en cuatro días me haya vuelto un experto en política mexicana pero, hasta yo sé que esa frase no va a hacerle ganar votos en ningún país. Sobre la mesa tengo a la hoja en blanco de mi libreta mirándome con despecho. La chica de mi izquierda pide la cuenta y apaga el ordenador. Vamos a contratar a más gente, güey, no ganamos dinero pero no perdimos, güey, basta ya, güey. Y así es como pasan mis primeras tardes en esta ciudad.

VI

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No hace falta conocer a fondo el léxico mexicano para hacerse una idea de qué significa ponchan llantas. El matiz genial está en su gratuidad. Hay tan pocas cosas gratis hoy en día que a uno casi le entran ganas de aparcar frente a esas puertas retadoras que proliferan aquí y allá.

Por unos cuantos pesos y un examen de buena voluntad, podría tener licencia para poder acercarme en coche a una buena esquina del DF y dejar que me ponchen a discreción, pero como no quiero abrir un conflicto diplomático y ser yo el responsable del aumento del índice de peligrosidad, voy a pie de aquí para allá. Es un asunto curioso el de la seguridad. Uno tarda un poco en acostumbrarse a las concertinas, las alambradas electrificadas y el personal que vigila las puertas de los departamentos pero es un choque más cultural que una sensación de peligro real. El primer día un taxista me dijo que, evitando algún barrio como en toda gran urbe, Ciudad de México es una ciudad segura porque aquí ningún yihadista te va a volar la cabeza en nombre de Alá. Cada cual arrastra su sistema de referencias por donde va.

P. D. Qué clase de ironía es que se vendan cigarros en las farmacias.

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